Ante el drama casi telenovelero de ciertos opositores que corren a pedirle ayuda al vecino del norte cada vez que se les atora la carreta, la presidenta Claudia Sheinbaum aplicó la de “gracias, pero no gracias”. Con la calma de quien ve llover sin mojarse, descartó desempolvar el antiguo delito de traición a la patria solo para entretenerse.
Durante su conferencia del 20 de octubre, y con el caso del exfiscal César Jáuregui como telón de fondo, le preguntaron si personajes como Alejandro Moreno o la senadora Lilly Téllez, conocidos por marcarle a Washington como si fuera una línea de ayuda emocional, enfrentarían cargos por sus peticiones de intervención. Básicamente, le pedían iniciar una cacería de brujas con tintes de serie de streaming, pero la presidenta, en un despliegue de paciencia que ya quisieran muchos maestros de primaria, dejó claro que el país tiene una agenda más importante.
En lugar de perseguir políticos que confunden la soberanía nacional con un foro de debate escolar, su gobierno prefiere concentrarse en asuntos que sí le cambian la vida a la gente. La justicia, aclaró sutilmente, no es un juguete para saldar rencores políticos ni para darles material a los columnistas aburridos. El mensaje fue claro: hay trabajo que hacer y no hay tiempo para berrinches.
Así que, mientras algunos seguirán acumulando millas de viajero frecuente para ir a llorar sus penas en otras latitudes, en Palacio Nacional el único drama permitido es si el café está muy cargado. La traición, al parecer, requiere un nivel de sofisticación que últimamente no abunda en la oposición.



