En un giro digno de telenovela diplomática, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció el fin del berrinche aéreo de Estados Unidos. Tras meses de explicar con peras y manzanas, Washington finalmente retiró las sanciones que mantenían en tierra nuevos vuelos desde el AICM y el flamante Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles.
El principal nudo del drama se centró en la terquedad del Tío Sam por regresar las operaciones de carga al apretado aeropuerto capitalino. Sin embargo, Sheinbaum reveló el giro inesperado: las propias empresas de carga gringas, ya instaladas y encantadas con la eficiencia logística del AIFA, se negaron rotundamente a volver al caos. Era como pedirle a alguien que cambie su deportivo nuevo por su viejo vocho con goteras. La presidenta solo tuvo que reunirse con ellos, resolver unos detallitos menores de aduanas y confirmar que nadie en su sano juicio quería regresar al pasado.
El segundo acto de esta comedia fue la queja sobre los «slots» en el AICM, donde Estados Unidos sentía que no le tocaban los mejores asientos en la fiesta. Con la paciencia de un monje tibetano, el gobierno mexicano les abrió unos lugarcitos VIP que, irónicamente, todavía ni siquiera han ocupado. Gracias a esta clase magistral de diplomacia, el AIFA ya tiene luz verde para lanzar sus once vuelos programados a distintas ciudades del vecino del norte, beneficiando la conectividad.
Al final, la presidenta presentó el caso como un ejemplo de que, con diálogo y una pizca de lógica aplastante, hasta las diferencias más aparatosas se resuelven. Una lección que demuestra que, a veces, el vecino quejumbroso solo necesita que le expliquen con calma que la fiesta ahora está en una casa más grande y moderna.



