Rumania se harta y juega al tiro al plato con drones mientras el mundo es un reality show mal escrito

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¡Se acabó la paciencia! Rumania, ese país que hasta ahora miraba el desastre de sus vecinos con un café en la mano, decidió que ya era suficiente de que le usaran el patio trasero para jugar a la guerra. Este sábado, dos F-16 rumanos se pusieron en modo «a mí no me fastidian» y derribaron un par de drones que andaban de turistas no invitados sobre el mar Negro. Al parecer, estos cachivaches voladores no entendieron que el espacio aéreo rumano no es una zona de libre albedrío para repartidores de problemas.

Informe El Chapucero

El Ministerio de Defensa rumano, probablemente harto de limpiar el desorden ajeno, vio en sus radares unos puntos sospechosos y despachó a sus cazas más rápido que un pedido de comida a domicilio. El primer dron fue convertido en chatarra submarina en dos minutos, y el segundo le siguió los pasos poco después. El ministro Radu Miruța lo anunció en Facebook como quien presume que por fin fumigó la casa: «Dos drones interceptados y derribados. Aquí no se viene a molestar». Un mensaje claro: la próxima vez, que pidan permiso o se arriesguen a ser el nuevo arrecife artificial del mar Negro.

Mientras Rumania practicaba su puntería, Rusia decidió que era una noche perfecta para jugar a «Apaga y Vámonos» con toda la red eléctrica de Ucrania. En uno de sus ataques más entusiastas, el Kremlin lanzó un enjambre de más de 320 drones, misiles que viajan más rápido que chisme de oficina y otras sorpresitas explosivas. El objetivo: dejar a Ucrania a oscuras, como si fuera un adolescente castigado sin internet justo antes de que llegue el invierno. Volodimir Zelensky, con la vena del cuello a punto de pedir asilo político, denunció que el plan es convertir Ucrania en la Edad de Piedra justo cuando empieza a hacer un frío que pela.

Pero aquí viene el giro argumental que ni en *La Rosa de Guadalupe*. Justo cuando Ucrania más necesitaba que le echaran una mano, su compadre del otro lado del charco, Estados Unidos, tuvo una idea brillante. Donald Trump firmó una orden para desactivar las sanciones contra Rusia, básicamente dándole una palmadita en la espalda a Putin. ¿La razón? Un pactito con su amigo del alma para que soltara diésel como si no hubiera un mañana y así bajar el precio de la gasolina, porque la economía es más importante que los dramas de terceros. Zelensky, que no daba crédito, lo resumió perfectamente: «Un apagón de sanciones… darle propina al matón del barrio para que siga atacando».

Y mientras los de traje y corbata juegan a la ruleta rusa económica, en el sur de Ucrania la cuenta de la fiesta la pagaron al menos 18 personas, incluyendo una niña. Antonio Costa, del Consejo Europeo, salió a decir lo obvio: «Este no es momento de quitar el apoyo a Ucrania», una frase que suena tan útil como gritarle al televisor durante un partido de fútbol. En resumen: el mundo sigue siendo ese programa de cámara escondida donde nadie sabe que lo están grabando y el premio es una crisis existencial.

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