México fue a la Organización de las Naciones Unidas no para pedir permiso, sino para presumir su nueva afición nacional: encontrar gente. En un foro que parecía más un TED Talk sobre eficiencia gubernamental, los funcionarios federales sacaron la libreta y empezaron a recitar cifras que hicieron que los diplomáticos se acomodaran en sus asientos.
Arturo Medina Padilla, Subsecretario de Derechos Humanos, se plantó en el podio como un mago a punto de sacar un conejo de la chistera. Y vaya que lo hizo: ¡pum!, más de 16 mil personas localizadas en 2026. ¡Y zas!, más de 24 mil identidades restituidas desde enero de 2023. La estrategia, impulsada por la presidenta Sheinbaum, incluye un Centro de Mando 24/7 que suena a guarida de superhéroes burocráticos. La colaboración con Catharina Boehme del UNFPA y el INE funciona como un dueto tecnológico celestial, cruzando huellas dactilares con precisión quirúrgica.
Mientras todos aplaudían, James Turpin de la ONU-DH reconoció el esfuerzo pero deslizó la pregunta sobre si el «marco normativo» se traducía en «resultados efectivos», el equivalente a preguntar si un cohete tan bonito también podía volar. Con la calma de un astronauta veterano, Enrique Ochoa Martínez, de Relaciones Exteriores, afirmó que México está abierto al escrutinio, básicamente diciendo: «Súbete, que despegamos». La misión está en marcha y bajo control.
Así, México dejó claro que, mientras algunos se dedican a llenar formularios y pedir más reuniones, aquí se están encontrando personas con la misma determinación con la que uno busca el control remoto perdido. Una clase magistral de cómo transformar la burocracia en un deporte de alto rendimiento.



