BANGKOK, TAILANDIA – En una reunión que olía a café caro y pánico financiero, los gurús de la economía mundial, también conocidos como el FMI y el Banco Mundial, llegaron a una conclusión que dejará boquiabierto a nadie: a los países pobres les está saliendo un ojo de la cara… ser pobres. Kristalina Georgieva, la jefa del FMI, anunció con cara de haber descubierto la penicilina que la deuda de estas naciones ahora se come el 14% de sus ingresos, casi el doble que antes. Al parecer, pagar deudas con los bolsillos vacíos es complicado. ¡Quién lo diría!
En un despliegue de bipolaridad digno de un drama de telenovela, Georgieva confesó que en las reuniones se sintió un «optimismo» y una «preocupación» que ni en la sala de espera de un hospital. El optimismo, claro, viene de la inteligencia artificial, esa nueva deidad tecnológica a la que todos le rezan para que nos salve del apocalipsis, y del «dinamismo de Asia». La preocupación, por otro lado, viene de detallitos sin importancia como la inflación galopante, deudas más grandes que el ego de un político, un par de guerras por aquí y por allá, y el planeta derritiéndose como un helado en pleno agosto.
Durante su revelación mística, la directora del FMI soltó una perla de sabiduría: «A la gente, sobre todo en los países más pobres, no le gusta la inflación. La inflación es como un impuesto a los pobres». El mundo entero hizo una pausa, asombrado ante tal nivel de clarividencia. Es el equivalente económico a descubrir que el agua moja o que si te golpeas el dedo chiquito del pie contra un mueble, duele un montón. Gracias, Kristalina, por iluminarnos con lo que el tendero de la esquina ya sabía desde 1982.
Pero no teman, porque para este desastre de proporciones bíblicas, los cerebritos del FMI tienen una solución mágica: la inteligencia artificial. Georgieva advirtió, con la seriedad de quien explica un plan infalible, que depender de un solo motor de crecimiento es como «pararse en una sola pierna». Una metáfora audaz para describir a países que intentan no ahogarse en deudas mientras los bancos centrales les suben el agua al cuello con las tasas de interés y el precio del petróleo se dispara como cohete de feria.
Así que, tras días de deliberaciones en Bangkok, la conclusión es clara: el chiringuito financiero mundial está al borde del colapso, los pobres son más pobres, y la única esperanza es un algoritmo que todavía no sabe distinguir bien entre una foto de un perro y una magdalena. El planeta puede estar en llamas, pero al menos tenemos una nueva y brillante distracción tecnológica para mirar mientras todo arde. ¡Qué alivio



