Francia anda con los bolsillos vacíos, esperando que el Banco Central Europeo le preste para el chicle, pero Christine Lagarde, la jefa del BCE, le ha salido más estricta que abuela enojada. Con un gesto que se traduce como «a mí no me vengas con cuentos», Lagarde ha mandado a los franceses a resolver sus propios problemas fiscales. Parece que la idea de rescatar a la república del champán de su propio desastre financiero le emociona tanto como una visita al dentista sin anestesia.
El drama es que los bonos del gobierno francés se están vendiendo menos que los discos de un cantante de moda de hace diez años. Los inversores, que tienen el olfato de un sabueso para los problemas, temen que las próximas peleas políticas impidan que el gobierno deje de gastar como si no hubiera un mañana. Básicamente, nadie quiere prestarle al amigo que sabes que se lo va a gastar todo en una noche de juerga para luego pedirte más.
Cuestionada directamente sobre si el BCE iba a sacar la billetera para ayudar, Lagarde respondió con la sutileza de un ladrillazo en la frente. Desde un evento en Bangkok, probablemente para estar lo más lejos posible del lío, aclaró que «la solución principal y primordial está dentro de la propia Francia». En otras palabras: dejen de lloriquear y pónganse a hacer cuentas, que ya están grandecitos para seguir pidiendo domingo.
Los analistas se la pasaron semanas soñando con que el BCE usaría su varita mágica, el llamado «Instrumento para la Protección de la Transmisión». Esta herramienta es como el botón de emergencia que se aprieta solo si la presión del mercado es «injustificada» y «desordenada». Al parecer, para Lagarde, el pánico que causa Francia es más que justificado y no califica ni para el premio de consolación.
Por si fuera poco, Lagarde mencionó que la inflación que nos tiene a todos comiendo sopa instantánea se debe a los precios de la energía por la «guerra en Irán», demostrando que en el BCE usan un atlas de la época de los dinosaurios. También dijo que el crecimiento del 1.1% para la eurozona «no es brillante», lo que en lenguaje de banquero significa que es más emocionante ver secar la pintura en una pared.
Mientras el BCE ha subido los tipos de interés dos veces y amenaza con hacerlo de nuevo en diciembre, a Francia no le queda más que revisar debajo de los cojines del sofá a ver si encuentra algo de cambio. Lagarde, por su parte, ya está buscando al siguiente país europeo al que tendrá que recordarle que el dinero no crece en los árboles. ¡Qué paciencia hay que tener con estos muchachos




