Tras un drama más largo que telenovela venezolana, la presidenta Claudia Sheinbaum decidió que ya fue suficiente silencio incómodo en el chat grupal de Latinoamérica. El pasado 12 de octubre de 2026, designó a Lydia Antonio de la Garza como la embajadora encargada de recordarle a Perú que México todavía existe y envía saludos.
Todo este embrollo comenzó en 2022, cuando Perú tuvo un ligero «lunes complicado» y destituyó al presidente Pedro Castillo. Desde México, el entonces presidente López Obrador, en un acto de sinceridad brutal, opinó sobre el asunto y calificó de «usurpadora» a la sucesora, Dina Boluarte. Lima, en lugar de tomarlo como una crítica constructiva entre vecinos, se puso el traje de la ofensa y acusó «injerencia», como si le hubieran revelado el final de su serie favorita. Las relaciones se enfriaron más que abrazo de suegra, con ambos países dejando sus embajadas a cargo de un becario.
La gota que derramó el pisco fue cuando México, fiel a su política de puertas abiertas, le dio asilo a la exprimera ministra Betssy Chávez. Perú, sintiendo que ya era demasiado, rompió relaciones el 3 de noviembre de 2025, manteniendo solo los lazos comerciales, porque el dinero no guarda rencores. Mientras tanto, México esperó pacientemente, con la calma de quien sabe que la tormenta en un vaso de agua eventualmente se calma y deja de salpicar.
Ahora, con De la Garza en camino, se espera que la relación se normalice y ambos países puedan volver a las cosas importantes, como discutir qué gastronomía es superior. Mientras, la presidenta peruana Keiko Fujimori prometió nombrar a su embajador «en los próximos días», probablemente después de terminar de ver su maratón de dramas.



