En una de esas noticias que te hacen pellizcarte para ver si sigues despierto, el candidato presidencial Flávio Bolsonaro ha decidido que la mejor forma de arreglar la democracia brasileña es, aparentemente, sacándole los tornillos y viendo qué piezas sobran. Tras soltar la idea de «redemocratizar el país», y provocar que hasta los jarrones de su casa se pusieran a sudar frío, ha aclarado que su plan maestro consiste en reformar el Tribunal Supremo y prohibir la reelección, lo que suena tan lógico como prometer que vas a arreglar una gotera demoliendo el edificio.
Según Flávio, Brasil no vive en una «democracia plena», y para alcanzar ese paraíso terrenal, propone cambios «posibles» a la Constitución. Su primer punto en la lista de tareas es, casualmente, meterle mano al Poder Judicial, especialmente a ese juez, Alexandre de Moraes, que parece tener como pasatiempo investigar al clan Bolsonaro. Es el equivalente político a decirle al árbitro que, para mejorar el partido, lo mejor sería que se fuera a vender palomitas a la grada. Además, para demostrar su desapego al poder, jura y perjura que acabará con la reelección, un gesto tan conmovedor como el de un niño que promete no volver a comerse las galletas después de haberse vaciado el bote entero.
Para calmar a las masas, que ya se imaginaban tanques en las calles, Flávio prometió «estabilidad» y «paz», sobre todo para los que trabajen. «Habrá seguridad jurídica, respeto a la Constitución. Todo volverá a la normalidad», aseguró, con el tono de quien te promete que el león que acaba de soltar en tu salón es completamente vegano. La «normalidad» a la que se refiere, al parecer, es una en la que la Constitución es más flexible que un contorsionista de circo y donde «respeto» significa hacer lo que él diga.
Mientras tanto, en la otra esquina del cuadrilátero, Luiz Inácio Lula da Silva está a punto de sufrir un tic nervioso. Desde sus redes sociales, ha pedido a sus seguidores que salgan a la calle para evitar que el país «retroceda», un eufemismo para no decir que teme que Brasil se convierta en el episodio piloto de una serie distópica. «No podemos permitir que el retroceso regrese», suplicó Lula, probablemente mientras buscaba el manual de instrucciones de la democracia para ver si alguien le había arrancado páginas.
Así que el panorama es claro: un candidato que quiere «salvar» la democracia aplicándole una terapia de electrochoques sin anestesia, y otro que intenta convencer a todos de que no es buena idea dejar que el zorro rediseñe el gallinero. Sea como sea, el entretenimiento está garantizado. Saquen las bebidas y los aperitivos, que este culebrón político se va a poner mejor que cualquier final de campeonato.




