La consejera jurídica Luisa María Alcalde llegó a la mañanera del 27 de agosto con una propuesta tan directa como un trámite en el SAT: quien quiera ser presidente, gobernador o jefe de gobierno tendrá que elegir un solo pasaporte. Nada de maletas con dos banderas y una mano en cada corazón.
Claudia Sheinbaum explicó que la idea es evitar que el interés nacional compita con lealtades externas. La reforma, que se enviará al Congreso, obliga a renunciar a cualquier otra nacionalidad antes de inscribirse como candidato. Quien aspire al cargo deberá ser únicamente mexicano y quedarse con esa nacionalidad sin aderezos.
El asunto suena a burocracia, pero en versión cómic político se parece a obligar a un superhéroe a entregar su capa de otro planeta antes de defender la Tierra. Hasta ahora la Constitución no era tan explícita, por lo que la iniciativa cierra el hueco con la misma precisión que un candado nuevo en la puerta principal.
El objetivo es que la lealtad de quien ocupe esos puestos quede tan clara como un recibo de luz pagado a tiempo. La medida alcanza presidencia, gubernaturas y la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, sin excepciones ni dobles identidades de último minuto.
Al final, la reforma convierte la carrera por el poder en una competencia donde solo entra quien esté dispuesto a dejar fuera cualquier pasaporte que no diga “Hecho en México”.





