El índice de servicios del ISM subió apenas 0.1 puntitos en julio y se quedó en 54.1, un repunte más flojo que el que esperaban los analistas y que parece más bien un bostezo después de la comida. Los nuevos pedidos y la actividad empresarial mejoraron un poco, pero el empleo volvió a contraerse como si las empresas hubieran decidido que ya basta de pagar sueldos y prefieren que los robots hagan todo el trabajo.
Los encuestados siguen hablando de aranceles y del conflicto en Medio Oriente, aunque ya con menos drama que antes. El Mundial también ayudó a mover la aguja, como cuando llega la final y de repente todo el mundo pide más tacos y cervezas. Sin embargo, las tasas hipotecarias, la inflación y el petróleo más caro siguen doliendo como la cuenta del súper después de fin de semana.
Desde que los ataques y represalias en la zona bloquearon casi por completo el estrecho de Ormuz, la energía subió de precio y las empresas sienten la presión por todos lados, como cuando la familia se junta y de pronto suben la luz, el agua y el gas al mismo tiempo. Un encuestado del sector construcción lo resumió sin anestesia: las ventas siguen cayendo a pesar de los descuentos, y los costos le suben por todos los frentes como las deudas después de diciembre.
En pocas palabras, la economía de servicios gringa sigue de pie, pero caminando como quien sale de una posada con resaca y el celular sin batería. El empleo se esconde, los costos suben y el optimismo parece más bien un “ya veremos”. Bienvenidos al verano donde hasta los servicios parecen estar negociando con la inflación como si fuera el puesto de la esquina.



