El nuevo mandamás de la Reserva Federal, Kevin Warsh, se estrenó en el puesto con la sutileza de un elefante en una cristalería, dejando claro que la fiesta de la inflación ha llegado a su fin. En su primer discurso, en lugar de repartir abrazos y optimismo, sacó el látigo y anunció que su única misión en esta vida es regresar la inflación al 2%, como un padre terco que insiste en poner la misma película de vacaciones todos los años.
Warsh repitió su objetivo del 2% como si fuera un mantra sagrado, un dogma de fe que ni el más pintado se atrevería a cuestionar, afirmando que es una meta «firme e inamovible». Esto, traducido del lenguaje de economista al de la gente normal, significa que preparen sus carteras porque es casi seguro que subirán las tasas de interés. Básicamente, anunció que el dinero va a dejar de ser gratis y que se vienen curvas más pronunciadas que en una carretera de montaña.
Como era de esperarse, el oro se tomó la noticia peor que un adolescente al que le quitan el internet. El metal precioso, que no paga intereses y solo sirve para presumir en las películas de James Bond, perdió hasta un 1,2% de su valor, cayendo a 4.555,39 dólares la onza. La lógica es sencilla: si te pueden pagar por tener tu dinero en otro lado, ¿para qué quieres un lingote que solo acumula polvo y ocupa espacio en la caja fuerte?
Mientras el oro hacía un berrinche en su esquina, el dólar se pavoneaba como si hubiera ganado el concurso de Míster Universo, fortaleciéndose ante las duras palabras del nuevo jefe. La plata, la prima pobre del oro, también se fue para abajo un 0,47%, demostrando que en esa familia todos son igual de dramáticos. Curiosamente, el platino y el paladio ignoraron el drama y subieron, como esos dos amigos que nunca entienden cuándo es hora de irse a casa después de una fiesta.
Para rematar, Warsh aclaró que su única herramienta de confianza es la de subir las tasas de interés, y que las «políticas no convencionales» son para emergencias de verdad, no para andarse con experimentos. Su mensaje fue tan directo como una pedrada: se acabaron los inventos, volvemos a los métodos de la vieja escuela para poner orden en este desbarajuste económico.
Así que, si usted invirtió en oro esperando hacerse rico, tal vez sea momento de usar ese lingote como un pisapapeles muy caro. Porque, según el nuevo sheriff de la economía, el brillo del metal ya no es suficiente para competir contra el aburrido pero rentable mundo de los intereses. El espectáculo ha terminado y el señor Warsh ya está pasando la escoba.





