El sol, en un aparente berrinche termonuclear, decidió convertir a Baja California en la parrilla oficial del país. Ante tal despliegue de calor, la gobernadora Marina del Pilar activó el protocolo «sálvese quien pueda», declarando que los salones de clases son, por ahora, zonas de alto riesgo.
En una operación conjunta con la Secretaría de Educación Pública y Protección Civil, se decretó una retirada estratégica. A partir del 9 de septiembre y hasta el día 11, la educación se impartirá a distancia. La medida busca proteger a la comunidad estudiantil, especialmente a los del turno vespertino, que corrían el riesgo de llegar a casa con la consistencia de un queso derretido. El gobierno, básicamente, le dijo al calor: «con los niños, no». Las escuelas privadas, por su parte, fueron dejadas a su suerte, con la confianza de que sus colegiaturas cubren al menos un buen sistema de aire acondicionado para decidir su propio destino. Mientras tanto, el gobierno estatal mantiene una vigilancia constante, como un guardián que espera a que el dragón celestial se canse de escupir fuego sobre la península. Se han desplegado albergues y puntos de hidratación, transformando la emergencia en una demostración de eficiencia logística y buen juicio. La gobernadora aseguró que se mantiene un monitoreo permanente de las condiciones.
La mandataria recomendó a la población consumir agua y evitar la exposición al sol, un consejo tan obvio que suena a «no meter los dedos al enchufe». Mientras los estudiantes disfrutan de esta breve vacación climática y atienden sus clases desde la comodidad de sus refrigeradores, queda claro que en Baja California se toman en serio hasta el pronóstico del tiempo.



