Resulta que la fiebre del oro de la inteligencia artificial, esa que tiene a todo el mundo hablando como si hubieran descubierto el fuego por segunda vez, ya no es un club exclusivo para millonarios con centros de datos del tamaño de un país pequeño. Nvidia, el cantinero oficial de esta fiesta que sirve chips en lugar de tragos, acaba de soltar la bomba: los clientes industriales y las empresas de a pie están empezando a beber más rápido que los gigantes de la nube. Unos señores muy serios de un banco llamado BNP Paribas están tan emocionados que casi se les cae el monóculo.
Los números de Nvidia son como el chisme de oficina que todos esperaban. Cerca del 90% de sus ventas vienen de su división de centros de datos, pero aquí viene lo bueno. Mientras que los peces gordos de siempre, los llamados hiperescaladores, crecieron un respetable 101%, la chusma, perdón, los clientes empresariales e industriales, se dispararon un alucinante 138%. Es como si en una carrera, el tipo con tenis de lona de repente estuviera rebasando al atleta olímpico patrocinado hasta por su abuela.
Ante este panorama, los analistas de BNP Paribas se pusieron a lanzar dinero por la pantalla como si no hubiera un mañana. Su nueva estrategia es apostar por los mercados emergentes, con un cariño especial por Corea del Sur y Taiwán. Su lógica es impecable: si todo el mundo está cavando en busca de oro, lo más inteligente es venderle las palas a todos. Y resulta que en Asia es donde fabrican las palas más sofisticadas y brillantes del mercado.
Claro que no todo es color de rosa en este paraíso tecnológico. La brecha de adopción es más grande que un bache en una calle latinoamericana. Mientras que los sectores de tecnología y finanzas ya están usando la IA hasta para decidir qué van a almorzar, el resto de las industrias apenas está descubriendo cómo se enciende. La diferencia en el gasto es para llorar: las empresas más adineradas invierten hasta 7.400 dólares mensuales por empleado, mientras que la empresa promedio apenas rasguña los 12 dólares.
Para rematar el absurdo, todo esto se apoya en una idea llamada la «paradoja de Jevons», que básicamente dice que mientras más barata se vuelve una tecnología, más la usamos. Es la misma lógica del bufé libre: aunque la comida sea más eficiente en saciarte, terminas sirviéndote cinco platos solo porque puedes. Ahora solo falta ver si toda esta borrachera de inversión se traduce en ganancias reales o si al final nos despertaremos con una resaca financiera monumental.





