Parece que el gobierno se acordó de que las Malvinas existen en el mapa y, más importante aún, que podrían tener petróleo. En un arrebato de celos digno de telenovela de mediodía, la senadora Patricia Bullrich salió a marcar territorio, advirtiendo que de ninguna manera van a permitir que alguien más le saque provecho a ese tesoro submarino. Es como ese ex que te ignora por años, pero en cuanto te ve feliz con alguien nuevo, aparece para decir: «Ese recurso es para nuestro crecimiento».
Con la sutileza de un elefante en una cristalería, el presidente Milei ya había anunciado sanciones para las empresas con ganas de perforar el archipiélago. Bullrich, desde la convención anual del IAEF, reforzó la amenaza con cara de póker, explicando que esto es para «cuidar» lo que es nuestro. La lógica es simple: si nosotros no lo podemos tener, nadie lo tendrá. Una advertencia clara para que las compañías sepan que si meten sus taladros ahí, se arriesgan a un tirón de orejas legislativo.
El argumento oficial es que no son «antiempresarios», solo quieren que la riqueza argentina se quede en casa, una idea conmovedora si no fuera porque esa «casa» tiene otros ocupantes desde hace casi doscientos años. La senadora insistió en que sacar petróleo de una zona en disputa es como empezar a construir una piscina en el jardín del vecino mientras todavía están en juicio por los límites del terreno. Básicamente, una invitación al desastre.
La jugada maestra, según Bullrich, es aprovechar un supuesto distanciamiento entre Estados Unidos e Inglaterra, que por primera vez en décadas no fueron juntos a una guerra. Argentina, viendo esta fisura en la amistad, se lanzó a los brazos de los estadounidenses como quien aprovecha una pelea de pareja para intentar conquistar a uno de los dos. Esta nueva «relación estratégica» con el Tío Sam, al parecer, ya está dando frutos, o al menos eso dicen para mantener alta la moral.
Y para rematar el plan con un toque de surrealismo, resulta que la carta ganadora es Donald Trump. Según Bullrich, el expresidente estadounidense «pregunta siempre por las Malvinas», como si fuera un pariente lejano que se interesa por tu salud de vez en cuando. La estrategia geopolítica del país ahora depende de que un magnate recuerde que unas islas remotas están, en efecto, muy cerca de Argentina. Con amigos así, el futuro es, como mínimo, impredecible.





