Presidente chileno quiere activar el ‘modo dictador’ y la gente lo celebra con un festival de agua y gases

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Santiago se convirtió ayer en el balneario urbano más beligerante del mundo, donde cientos de ciudadanos recibieron una terapia de choque gratuita cortesía de la policía. El tratamiento incluyó un refrescante hidromasaje con chorros de agua a presión y una sesión de aromaterapia intensiva a base de gases lacrimógenos, de esos que te hacen llorar más que cuando te das cuenta de lo que debes en la tarjeta de crédito. Todo para protestar contra el nuevo «kit de seguridad» del presidente José Antonio Kast, un paquete de reformas que, según los manifestantes, tiene más letra pequeña que un contrato de telefonía móvil.

El menú de delicias autoritarias que propone Kast incluye la creación de un nuevo estado de excepción, básicamente un permiso para que el presidente pueda jugar a ser el rey del castillo durante ocho meses sin pedirle permiso al Congreso. Con este nuevo superpoder, podría restringir libertades como si fueran carbohidratos en una dieta, interceptar comunicaciones como si fuera tu pareja tóxica revisándote el celular y, en general, poner al país en «Modo Papá Enojado Nivel Dios». La gente, en un arrebato de nostalgia ochentera, le gritaba «¡Igual que Pinochet!», demostrando que en Chile algunos clásicos nunca pasan de moda.

La excusa para desempolvar el manual del buen autócrata es, cómo no, el crimen organizado. Aparentemente, Chile pasó de ser el oasis de Latinoamérica a un episodio de «Narcos» de bajo presupuesto, con la llegada de bandas como el Tren de Aragua. La tasa de homicidios se duplicó, un crecimiento exponencial que ya quisieran muchas empresas emergentes. Según el gobierno, la única solución es darle al presidente un botón rojo gigante que ponga al país en pausa, una idea que ha hecho que hasta en Human Rights Watch se les atragante el café.

Y como si el guion no estuviera lo suficientemente loco, en medio del caos, Kast se juntó con su colega argentino, Javier Milei, para hablar de sus cosas. Mientras en las calles se repartían manguerazos y gases, ellos estaban en una oficina discutiendo sobre las Islas Malvinas, como dos señores que se ponen a debatir las reglas del parchís mientras la casa se incendia. Ambos líderes, que comparten su amor por el libre mercado y su fobia a la inmigración ilegal, reafirmaron su amistad, probablemente planeando su próximo club de lectura sobre manuales de economía y control social.

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