En un episodio más de «Opiniones que nadie solicitó pero que igual te vas a tragar», el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió que su verdadera vocación es ser el crítico de cabecera de la política británica. En una entrevista con GB News, un canal que suena a primo lejano de la BBC, Trump sacó su bola de cristal y diagnosticó que el Reino Unido está «al borde del desastre», como si fuera el Titanic y él el único que ve el iceberg.
\n\nSegún el oráculo de Mar-a-Lago, los británicos tienen problemas más grandes que decidir si le ponen leche al té antes o después. Se quejó amargamente de los precios de la energía, que al parecer son más caros que un asiento en primera fila para ver el fin del mundo. También despotricó contra esa manía del «cero emisiones netas» y, por supuesto, contra la inmigración masiva, que según él está convirtiendo la isla en una especie de festival internacional sin pulsera de acceso. «¡Su país está en apuros!», exclamó, con el tono de quien descubre que se le acabó el papel higiénico en el peor momento.
\n\nFiel a su estilo, que es una mezcla entre un abrazo de oso y una puñalada trapera, Trump aclaró que adora al rey Carlos y que ama al Reino Unido, pero que su gobierno, liderado por un tal Andy Burnham, es un desastre andante. Es el equivalente a decirle a tu amigo: «Me caes genial, pero tu pareja es un inepto y tu casa huele raro». Insistió en que la solución a la crisis energética es tan sencilla como dejar de jugar a los ecologistas y empezar a perforar el Mar del Norte como si no hubiera un mañana, porque para él, el cambio climático es un cuento chino más elaborado que el menú de un restaurante de fusión.
\n\nSobre la inmigración, fue aún más sutil: «Si no se detiene la afluencia de gente… no te quedará país». Básicamente, advirtió que si no ponen un portero de discoteca en la frontera, el Reino Unido terminará pareciendo el metro en hora pico un lunes por la mañana. Mientras tanto, el gobierno británico jura y perjura que ya casi tienen el problema de las pateras controlado, una afirmación tan creíble como la de alguien que promete empezar la dieta «el próximo lunes». Todo esto, para deleite de su colega ideológico, Nigel Farage, que probablemente escuchaba la entrevista mientras se frotaba las manos con regocijo.





