Nueva York, esa ciudad donde hasta las palomas tienen agenda apretada, ha decidido que la inteligencia artificial no pisa un salón de clases hasta que los chicos cumplan la edad en la que ya discuten con sus padres sobre la hora de llegar a casa. Hasta octavo grado, nada de pedirle a una máquina que te resuma la Revolución Francesa mientras tú te comes un sándwich a escondidas debajo del pupitre.
Docentes y padres, unidos por primera vez desde aquella reunión de vecinos donde nadie quería pagar la pintura del pasillo, levantaron la ceja colectiva. Temen que los peques terminen con el cerebro más blandito que un churro dejado bajo la lluvia, la salud mental hecha confeti y, de yapa, que el planeta se caliente un poquito más cada vez que un chatbot inventa una cita de Shakespeare que nunca existió.
En la secundaria, esa etapa mítica donde el acné y las hormonas pelean la final de la Champions, la IA podrá asomarse… pero solo para que los alumnos aprendan cómo funciona el bicho, no para que les escriba la tarea mientras ellos miran memes de gatos con disfraz de superhéroe. Nada de confesarse con un robot terapeuta a las tres de la mañana porque el crush no te dio like. Eso también queda fuera de juego, como el tío que llega tarde al asado y se encuentra con que ya no queda choripán.
El Departamento de Educación, en un arranque de sabiduría digno de abuela con bata y chinelas, recomienda que la pantalla no robe más de 45 minutos a los de sexto a octavo y apenas media hora a los de primaria. Después de eso, se supone que vuelvan al noble arte de mirar por la ventana y preguntarse por qué el recreo dura menos que un anuncio de detergente.
A los maestros, en cambio, sí les dejan usar la herramienta mágica para armar clases y redactar mensajes. Porque nada dice “profesionalismo moderno” como un docente que le pide a una IA que suene empático en el grupo de WhatsApp de padres mientras se toma un café que ya está más frío que la excuase del alumno que “se le olvidó” la carpeta.
Con más de 900.000 estudiantes, el distrito escolar más gordo de Estados Unidos se prepara para anunciar estas reglas. Mientras tanto, los niños de Nueva York tendrán que volver a lo básico: pensar con su propia cabeza, copiar mal del compañero de al lado y descubrir, horrorizados, que la calculadora no tiene botón de “hazme la vida más fácil”.





