Pues sí, señores: el café colombiano, ese néctar que mantiene despiertos a medio planeta y a más de una suegra de mal humor, decidió tomarse unas vacaciones forzadas en Buenaventura. Resulta que un terremoto de 7.4 —de esos que no piden permiso ni avisan por WhatsApp— sacudió el suroeste del país, dejó un reguero de destrozos y, de yapa, mandó a inspeccionar la terminal portuaria como si fuera un elevador sospechoso en edificio viejo.
Germán Bahamón, gerente de la Federación Nacional de Cafeteros y hombre que ahora mismo debe estar contando sacos en sueños, salió a aclarar el panorama con la calma de quien explica que se inundó la cocina pero el restico de la casa sigue en pie. “Buenaventura está en pausa mientras revisan que no se caiga nada y despejan los derrumbes de las vías”, vino a decir. Traducción libre: el café se quedó mirando el océano Pacífico con cara de “¿y ahora cómo salgo de aquí?”.
Lo bueno —porque siempre hay un “lo bueno” aunque sea con sabor a tinto aguado— es que Cartagena y Santa Marta siguen despachando como si nada. El Caribe, siempre más fiestero, no se inmutó. Así que el café colombiano no desapareció del mapa: solo cambió de puerta de salida, como quien evita el tráfico del centro y se va por la periferia.
Sucafina, una de esas compañías que mueve granos como si fueran fichas de dominó millonarias, ya había advertido que por las zonas productoras el transporte anda “significativamente restringido”. O sea: camiones haciendo zigzag entre derrumbes, conductores inventando rutas dignas de rally y el café sudando la gota gorda antes de ni siquiera tostarse.
Colombia, tercer productor mundial después de Brasil y Vietnam, y rey indiscutible del arábigo lavado, tiene 840.000 hectáreas de cafetales y unas 540.000 familias que dependen de que esa confusión aromática llegue sano y salvo a las tazas del mundo. Catorce millones de sacos al año no se improvisan. Y aunque la Federación jura que la capacidad exportadora sigue en pie y que el control de calidad no se negocia ni con temblor de por medio, lo cierto es que Buenaventura está temporalmente de brazos cruzados.
Nadie dice cuántos sacos se quedaron haciendo fila ni cuándo reabren la puerta del Pacífico. Por ahora, el café colombiano saldrá por donde pueda, con la dignidad de quien se cae, se sacude la tierra del delantal y sigue sirviendo tinto. Porque si algo no se detiene ni con terremoto es la necesidad ajena de cafeína… y el orgullo cafetero de no dejar a nadie dormido.




