En un nuevo capítulo de la eterna telenovela colombiana de plomo y machete, tropas del Ejército Nacional se liaron a tiros con disidencias de las Farc ligadas al famoso alias Iván Mordisco en la zona rural de El Tambo, Cauca. El resultado preliminar: al menos cinco guerrilleros menos y un montón de familias confinadas en sus casas como si el vecindario se hubiera convertido de pronto en zona de guerra de videojuego barato. Los soldados siguen desplegados por ahí mientras los plomazos no paran, y para que no falte la secuela, también hubo combates en la vereda El Puma, en Cajibío, cerquita de la fiesta principal.
La cosa se puso aún más de película de acción de bajo presupuesto horas antes, cuando alguien decidió celebrar el peaje en construcción cerca de Santander de Quilichao a lo grande: con una camioneta Toyota Prado convertida en bomba casera. La explosión destrozó infraestructura y dejó heridos a dos guardias de seguridad. Uno de ellos, Geremias Cayapu Pilcuie, terminó en el hospital Francisco de Paula Santander lleno de esquirlas, como recuerdo de que en estas tierras hasta cobrar peaje puede ser deporte de riesgo extremo. La camioneta, para más absurdo, la habían robado en Cali el 22 de diciembre de 2025 y figuraba a nombre de una aseguradora, o sea que hasta el seguro se va a llevar un susto de muerte.
Mientras tanto, al otro lado de la selva, Panamá no se quedó mirando el circo. Aunque jura y perjura que ningún grupo irregular colombiano se ha colado en su territorio, el gobierno panameño anunció que reforzó la frontera justo después de los atentados del primer día de mandato del presidente Abelardo de la Espriella. Ese día de estreno dejó un policía muerto y varios heridos, mientras el nuevo mandatario prometía pelear sin tregua contra el narcoterrorismo como quien llega a la oficina el lunes dispuesto a pelearse con la fotocopiadora. La frontera del Darién, esos 266 kilómetros de selva inhóspita sin carreteras donde históricamente campan a sus anchas los irregulares, ahora tiene más presencia estatal, más de quince embarcaciones patrullando Pacífico y Atlántico, y un comunicado oficial que suena a “por si las moscas, aquí no pasa nadie”.
Al final el panorama queda servido: balaceras en el Cauca con familias atrapadas en sus casas, peajes que explotan como piñatas malas, un presidente nuevo que estrena cargo entre atentados y un Panamá que saca los botes y blinda la selva como si esperara la invasión de los vecinos ruidosos del piso de arriba. La región sigue su costumbre de convertir la vida cotidiana en un reality de supervivencia donde nadie sabe muy bien quién gana, pero todos terminan con el corazón a mil.




