Nada dice “me importa el pueblo” como pelearse en redes por el precio de un burrito mientras el costo de vida te pasa por encima como camión de mudanzas en hora pico. El plato mexicano de toda la vida —tortilla, arroz, frijoles, carne y lo que quepa sin que explote— se ha convertido en el termómetro oficial del malestar republicano. Y ojo, que no es cualquier termómetro: es de esos que te revientan el orgullo partidista más rápido que una torta ahogada mal hecha.
Andrew Kolvet, portavoz de esa fábrica de jóvenes conservadores llamada Turning Point USA, soltó la frase que encendió el asadero: un estudiante le confesó que un burrito no debería costar 20 dólares. Y claro, la publicación se volvió viral más rápido que chisme en grupo familiar. En Washington el mismo rollo cuesta entre 6,50 y 13,50 dólares según qué tanto le pongas, pero para algunos ya es signo del apocalipsis inflacionario. La resaca del covid y de la era Biden todavía eructa, dicen, pero la billetera del ciudadano de a pie no entiende de excusas: entiende de “esto está carísimo, compadre”.
La respuesta de ciertos notables del partido fue de antología del desconecte. El congresista Dan Crenshaw salió con el clásico consejo de abuelo cuñado: “Coman sopa instantánea, como yo en la universidad”. Marc Thiessen, exasesor de Bush y columnista de esos que escriben con la panza llena, acusó a los jóvenes de lloriqueo profesional y presumió sus años de fideos raman como si hubiera cruzado el desierto barefoot. Ahí saltó el vicepresidente JD Vance con la maldad justa: si conocen a Thiessen en persona, notarán que a ese señor jamás le faltó un burrito… ni dos, ni tres. La indirecta a la complexión del columnista fue más clara que el caldo de un pozole bien servido.
Trump, por su parte, insiste en que la inflación ya bajó y que sus aranceles no tienen la culpa de nada, como si los precios subieran por generación espontánea. Pero una encuesta de la Universidad Marquette le soltó el reality check: el 35 % de la gente pone el costo de la vida como su mayor preocupación, muy por encima de conflictos lejanos. Hasta Fox News, esa tele que parece altar republicano, habla de “guerra civil” interna. De un lado, los ultraliberales de manual que predican “cocinen en casa y dejen que el mercado haga su magia”. Del otro, los que huelen el peligro electoral de noviembre y temen el efecto María Antonieta en versión tex-mex: esa sensación de que las élites te dicen que comas brioche mientras tú apenas alcanzas para unos frijoles refritos.
Y como no podía faltar el toque surrealista, Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud, estrenó un programa de cocina “barata y saludable” proponiendo hamburguesas de salmón con ensalada a 5 dólares por cabeza. Los observadores sacaron la calculadora más rápido que contador en quincena y le hallaron más huecos al presupuesto que a promesa de campaña. Casualmente, el sobrino de JFK parece seguir una dieta bastante menos austera, con generosas porciones de carne roja. Porque nada refuerza el mensaje de austeridad como predicar salmón económico mientras en la privacidad te comes un tomahawk.
Así que el burrito, ese humilde enrollado que cruzó fronteras para volverse comida de estudiantes y oficinistas apurados, ahora es símbolo de algo más grande: la indigestión política de un partido que no sabe si defender el mercado libre a ultranza o evitar que los votantes les cobren la cuenta en las urnas. Y mientras discuten si 20 dólares es un abuso o un capricho millennial, la gente común sigue mirando el menú con la misma cara de “¿en serio?” que pone cualquiera cuando le confirman que hasta el taco del puesto de la esquina ya viene con precio de restaurante fancy. La historia no se repite, pero a veces se sirve en tortilla de harina y deja el mismo regusto a desconexión.




