En un giro digno de telenovela barata con guion escrito a las tres de la mañana, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva soltó la perla del año: animó a Marco Rubio a ponerse la camiseta de Jair Bolsonaro y salir a pedir votos como si fueran compadres de toda la vida. El objetivo, según él, es tan sutil como un elefante en una cristalería: derrotarlos a todos de un solo golpe y mandarlos al rincón de pensar.
La escena mental se escribe sola. Rubio repartiendo volantes con la cara de Bolsonaro, Bolsonaro gritando consignas con acento improvisado y Lula desde el palco, comiendo palomitas y apuntando con el dedo como quien dice “vean, los junté a todos en la misma foto para que sea más fácil”. Una estrategia política que parece sacada de esas juntas familiares donde tías enemigas terminan bailando cumbia juntas solo para que el resto de la casa pueda reírse en paz.
En el fondo, el mensaje es clarísimo y deliciosamente malvado: no hay mejor manera de ganar que reunir a tus rivales en el mismo asado, dejar que se peleen por el último chorizo y después quedarte con la parrilla. Lula, con esa cara de quien ya vio todas las series políticas posibles, parece haber decidido que la oposición funciona mejor cuando viaja en el mismo autobús… directo al precipicio.
Al final, si la jugada sale bien, no solo gana una elección: se gana el derecho a contar la anécdota en cada asado presidencial hasta el fin de los tiempos. Y eso, digan lo que digan, no tiene precio.



