El Senado de Estados Unidos decidió este viernes que ya basta de contemplaciones y aprobó por goleada una ley de sanciones contra Rusia tan cargada de veneno económico que parece diseñada por un guionista de culebrón resentido. La medida, que arrastraba el espíritu combativo del difunto senador Lindsey Graham —aquel que llevaba cuatro años gritando “¡apoyen a Kiev!” como si fuera el hincha número uno en la grada—, ahora sigue su camino hacia la Cámara de Representantes para el mes que viene, cual relámpago de trámites legislativos.
Graham, republicano de Carolina del Sur y aliado sin filtro de Ucrania, dejó este proyecto como herencia política: apretarle las tuercas a Moscú por la invasión y, de yapa, meterle un jalón de orejas ampliado a Irán porque el presidente Donald Trump pidió que le agregaran ese condimento extra cuando por fin se animaron a votar. Sí, el mismo Trump que desde enero de 2025 prefería manejar las sanciones desde su escritorio de la Casa Blanca como quien no presta los juguetes del poder. Los jefes republicanos del Senado habían tenido el texto guardado en el cajón más de un año, desde aquel 1 de abril de 2025, hasta que la resistencia presidencial aflojó y salió la votación.
El marcador quedó 86 a favor y 11 en contra para bautizar la criatura como “Ley Lindsey O. Graham de Sanciones a Rusia e Irán de 2026”. El invento castiga a funcionarios rusos y autoriza aranceles de los que quitan el hipo a China, la India y cualquiera que siga comprando petróleo y gas ruso como si fuera oferta del súper. La idea es secarle la billetera a Moscú hasta que le cruja. Pero ojo: ese apoyo masivo no garantiza nada en la Cámara de Representantes. Algunos legisladores ya sudan frío pensando que regalarle a Trump más poderes arancelarios puede terminar subiendo precios a importadores y consumidores, y de paso dejar a los republicanos con cara de “¿quién me mandó?” en las próximas elecciones. Y eso que controlan mayorías tan flacas en ambas cámaras que parecen sostenidas con alfileres y cinta adhesiva.
Entre los republicanos, solo Rand Paul, el de Kentucky, votó que no, como el único invitado que se niega a bailar en la fiesta. Cuando la hermana del difunto senador, Darline Graham —nombrada para ocupar su escaño—, leyó el recuento final, el hemiciclo estalló en aplausos dignos de entrega de premio sorpresa. Casi se espera que alguien soltara confeti y gritara “¡eso se hace por la familia!”. Mientras tanto, Putin seguramente revisa sus cuentas y murmura que estos gringos no saben perder el tiempo cuando se trata de amargar la existencia ajena.



