Tribunal le frena el salón de baile millonario a Trump en la Casa Blanca

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¡Atención, fans del desmadre inmobiliario con aroma a perfume barato y egos inflados! Una corte de apelaciones de Estados Unidos le acaba de cantar el “se acabó la fiesta” al presidente Donald Trump y le ordenó parar en seco la construcción de su soñado salón de baile de 400 millones de dólares sobre los escombros del ala este de la Casa Blanca, esa que ya habían tirado abajo con más ganas que demolición de estadio viejo después del clásico.

Resulta que el National Trust for Historic Preservation, esos señores que se dedican a cuidar que nadie convierta monumentos en discotecas de mal gusto, demandó al gobierno después de que derribaran el ala este y se pusieran a levantar un salón de 8.360 metros cuadrados sin ni siquiera pedirle permiso al Congreso, como quien organiza una boda sorpresa en el patio de la abuela sin avisar. La Corte de Apelaciones del Circuito del Distrito de Columbia, en Washington, confirmó por 2 votos a 1 la medida cautelar que ya había sacado el juez federal Richard Leon, ese nombrado por George W. Bush que en dos ocasiones le dijo a Trump “ni loco construyes arriba”, aunque le dejó seguir escarbando abajo como topo ansioso. Leon fue claro como el agua de coco: ninguna ley federal le da al presidente ni remotamente la autoridad para armarse su salón de baile sin el visto bueno del Congreso.

El tribunal, eso sí, le dio 14 días de respiradero al gobierno para que corra llorando a la Corte Suprema a ver si allá le hacen caso. Trump y su gente defienden el monstruo de salón como algo “imprescindible” para montar eventos oficiales grandotes y cuidar la seguridad de la Casa Blanca, o sea, el clásico argumento de “es para la seguridad” que usan desde el que quiere poner rejas en el condominio hasta el que sueña con su propia pista de baile tamaño estadio. Este proyecto es la joyita más ambiciosa de todas las remodelaciones que Trump quiere hacerle al centro de Washington, como si estuviera decorando su nueva mansión para impresionar a los compadres.

Al final, el líder republicano se quedó con la pista a medio armar, los escombros de recuerdo y una corte diciéndole que ni con todo el oro del mundo se salta las reglas como si fuera dueño del recreo. ¿Será que el salón de baile termina convertido en el elefante blanco más caro de la historia o Trump logrará que la Corte Suprema le prenda la música otra vez? Lo único seguro es que en esta telenovela del poder los jueces acaban de bajarle el volumen a la fiesta, y el hombre más poderoso del mundo se quedó mirando los planos como quien planeó la parrillada del siglo y de pronto le llueve el día del evento.

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