El secretario general de la ONU, António Guterres, salió este jueves a hacer de padre harto en una pelea de patio de colegio a escala nuclear. Con cara de quien ya no sabe qué más inventar para que dos adultos se comporten, instó a Rusia y Ucrania a parar de atacar zonas civiles, esas donde la gente normal intenta cenar, dormir o simplemente no morir aplastada por un misil perdido. Decenas de personas han muerto, pero al parecer eso es solo daño colateral en la gran final del campeonato mundial de “a ver quién la lía más gorda”.
El portavoz Farhan Haq, con la paciencia de un funcionario que lleva años repitiendo lo mismo, declaró que esta última serie de ataques sigue un patrón alarmante de ofensivas contra zonas pobladas. Traducción libre: los dos bandos están lanzando misiles de largo alcance como quien tira confeti en una boda, solo que el confeti explota y deja cráteres donde antes había edificios. “Los ataques contra civiles y contra infraestructura civil son una clara violación del derecho internacional humanitario, y debe parar de inmediato”, soltó Haq, mientras en las cancillerías del mundo alguien seguramente se servía otro café y murmuraba “ya veremos”.
La cosa pinta como esos matrimonios tóxicos que se pelean tirándose los platos, solo que aquí los platos son ciudades enteras y los vecinos de abajo son miles de personas que no pidieron estar en medio. Rusia y Ucrania intensifican su ofensiva de largo alcance con la delicadeza de un elefante en una cristalería, y la ONU, ese club de diplomáticos con corbata y discursos bien peinados, vuelve a sacar la cartilla de “por favor, dejen de matar gente inocente”. Spoiler de la vida real: el derecho internacional humanitario suena muy bonito en los papeles, pero en el campo de batalla parece tener la misma autoridad que un semáforo en ámbar a las tres de la mañana.
Mientras tanto, los civiles siguen pagando la cuenta de una guerra que se ha convertido en un intercambio de golpes a distancia, como dos vecinos enfadados que se tiran piedras desde balcones opuestos pero con tecnología de última generación. Guterres avisa, Haq repite el mensaje y el mundo asiente con cara de circunstancia, sabiendo que mañana probablemente habrá que volver a redactar el mismo comunicado con cifras actualizadas de muertos. Porque en el gran circo de la geopolítica, pedir que paren de atacar civiles es el equivalente diplomático a gritar “¡comportaos!” en una pelea de bar… y esperar que funcione.



