La actividad empresarial de la zona euro pegó un brinco en julio y alcanzó su nivel más alto en ocho meses, gracias a que el sector servicios se animó como si le hubieran regalado una caja de cervezas y se unió al empujón del manufacturero. El índice de gestores de compras compuesto subió hasta 52 puntos, saliendo por fin del terreno neutral después de meses de puro estancamiento.
Chris Williamson, el economista de S&P Global, lo resumió con cara de quien ya vio la película: la economía muestra una resiliencia alentadora en medio del conflicto en Oriente Medio, pero el ambiente sigue condicionado por el drama geopolítico como cuando estás en una fiesta que mejora y de repente suena el teléfono de la suegra preguntando por el nieto que aún no existe.
O sea, la cosa va mejorando, los pedidos suben, la manufactura se pone las pilas… pero todos siguen mirando de reojo hacia el este como quien revisa si el vecino ya prendió el asador con el volumen a todo lo que da. La incertidumbre sigue ahí, flotando como el olor a mole quemado en la cocina: no te arruina la comida, pero te quita el apetito de invertir.
En resumen, la eurozona celebra un pequeño repunte mientras mantiene el celular en silencio por si el conflicto decide mandar otro mensaje de “¿y tú qué esperabas?”. Bienvenidos al verano donde hasta la economía parece estar saliendo de la resaca… pero con el dedo en el botón de “pausa” por si las cosas se ponen feas.



