Según The Wall Street Journal, el apocalipsis comercial ha sido reprogramado para la próxima semana. Resulta que las negociaciones del T-MEC se toparon con un muro llamado Howard Lutnick, el Secretario de Comercio estadounidense, quien aparentemente decidió que los acuerdos son para gente que no tiene principios, como no odiar el aluminio los martes.
Esta sería la segunda vez que el funcionario interviene para frustrar un trato, transformando una cumbre económica en el equivalente a intentar convencer a un niño de que se coma sus verduras. Mientras México presenta planes detallados para reducir aranceles en acero y automóviles, del otro lado de la frontera parece que la principal estrategia es ver quién parpadea primero o a quién le da un calambre. La situación, aderezada por las declaraciones de Donald Trump, le añade un toque de circo a una discusión que debería ser aburrida. En medio del drama, la UNAM, a través de Lorena Rodríguez León, intenta meterle seriedad al asunto, hablando de reindustrialización y el Plan México, conceptos que suenan demasiado lógicos para una negociación que parece basarse en el horóscopo.
Mientras tanto, la presidenta Claudia Sheinbaum, con la calma de quien ha visto cosas peores en el tráfico de la ciudad, confirmó el pasado 12 de octubre que el diálogo no se ha roto. El T-MEC, vigente desde el 1 de julio de 2020, tiene una revisión programada, que es básicamente una cita para ver si la relación sigue funcionando o si es momento de discutir quién se queda con los discos.
El gobierno mexicano insiste en avanzar, dejando claro que están listos para negociar en cuanto sus contrapartes terminen su sesión de drama terapéutico. Como dijo Sheinbaum, “seguimos dialogando, que es lo importante”. Al parecer, México está dispuesto a esperar a que termine el berrinche para poder administrar un continente.




