Mientras una turba con antorchas imaginarias pedía la cabeza del gobernador de Jalisco, Pablo Lemus, por la crisis del agua, apareció el bombero político oficial de la 4T. Ricardo Monreal, con la calma de quien ha visto mil telenovelas de estas, les pidió amablemente que guardaran los trinchetes y se sentaran a platicar.
“A ver, muchachos”, pareció decir Monreal, “no me voy a sumar a este linchamiento político”. Mientras en Guadalajara algunos manifestantes, presuntamente “infiltrados”, quemaban puertas de palacios como si fuera el casting para una película de vikingos, el legislador optó por la cordura. Explicó, con la paciencia de un maestro de kínder, que remover al gobernador por arte de magia no purificará mágicamente las tuberías que arrastran un problema de años. Sostuvo que no existen elementos para tal drama y que la solución no es un capítulo de reality show.
El morenista descartó cualquier salida punitiva, insistiendo en que la gobernabilidad del estado no está en juego. En su lugar, recordó que la presidenta Claudia Sheinbaum ya puso a la Conagua a trabajar, ofreciendo una solución técnica en lugar de un espectáculo mediático. Monreal aseguró que la presidenta cumplirá con los jaliscienses, demostrando que mientras unos gritan, otros ya están revisando los planos y preparando las herramientas para arreglar el cochinero.
La propia presidenta lo resumió con una lógica aplastante: “hay que vernos, pero ya que esté el proyecto completo”. Básicamente, un elegante “llámenme cuando dejen de jugar a la política y tengan algo serio que discutir”. El agua contaminada sigue esperando, pero el circo político, por ahora, fue suspendido por el adulto a cargo.



