La Secretaría de Agricultura (Sader) le colgó el teléfono al pollo brasileño, suspendiendo temporalmente las importaciones tras un brote de la enfermedad de Newcastle en una granja de Santa Catarina. Resulta que un virus con pésima reputación anda de fiesta en Brasil, y nuestras aves nacionales no fueron invitadas.
Actuando como un cadenero de antro sanitario, el Senasica desactivó de inmediato los permisos de importación para evitar que la enfermedad entre al país. La orden fue clara: ningún producto avícola brasileño, ni vivo ni procesado, cruza la puerta hasta nuevo aviso. Esto incluye desde alitas para botanear hasta cualquier primo emplumado que quiera venir de turista. La Dirección General de Salud Animal puso un letrero de “cerrado por pachanga viral” en la frontera avícola, asegurándose de que ni una pluma sospechosa se cuele a la fiesta mexicana.
Esta decisión convierte a cada pollo, gallina o pavo brasileño en un potencial caballo de Troya con plumas, listo para desatar un drama en los gallineros patrios. Aunque Brasil es nuestro segundo mayor proveedor de aves, con más de 128,632 toneladas importadas, las autoridades prefirieron la salud sobre la samba de pollo. La medida aplica incluso para el sándwich de pavo que algún viajero despistado quiera ingresar en su maleta, porque la bioseguridad no toma vacaciones.
Mientras tanto, México se mantiene como un oasis libre de Newcastle, esperando pacientemente noticias de Brasil sobre cómo controlan su alboroto sanitario. Las gallinas mexicanas, por su parte, duermen tranquilas, soñando con maíces y sin temor a contagiarse de un acento extranjero indeseado y febril.



