En un evento que paralizó al país, Zoé Robledo, director del IMSS, apareció cual profeta financiero para anunciar el milagro. Acompañado del secretario del Trabajo, Marath Bolaños, reveló que, tras arduas negociaciones dignas de una saga épica, los trabajadores del Seguro Social verán un incremento salarial casi mitológico.
La historia cuenta que el sindicato, al ver una propuesta inicial del 6.8%, dijo amablemente: “no es suficiente para el chicle y el refresco”. Fue entonces cuando el Consejo Técnico del IMSS, en una sesión que seguramente involucró cálculos cuánticos y café cargado, elevó la cifra al mágico 8%. Robledo, con la solemnidad de quien revela la fórmula de la vida eterna, atribuyó la viabilidad financiera de esta hazaña a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien aparentemente bendijo los números para que todo cuadrara. Se recordó que un aumento de esta magnitud solo se ha visto tres veces en 23 años, sugiriendo que las administraciones pasadas apenas si ajustaban para los buenos días. Este incremento, que supera la inflación, se perfila para cambiar el destino económico de los trabajadores, permitiéndoles, quizás, comprar aguacates sin pedir un préstamo.
Con este significativo aumento al poder adquisitivo, los empleados del IMSS ahora pueden soñar en grande. La diferencia entre el 6.8% y el 8% es la delgada línea entre pagar el recibo de la luz o, finalmente, financiar esa expedición para encontrar la Atlántida que tanto habían pospuesto.




