Chocolate, moldes y 40 años de caos dulce en La Merced

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En el Mercado de Dulces de La Merced, cruzar los pasillos parece una competencia de sumo con bolsas de plástico. Débora, conocida así desde niña por su apetito legendario, lleva cuatro décadas vendiendo calaveritas de chocolate junto a su familia Mendiola. Lo que empezó en 1986 con su esposo Ismael Nava sigue vivo entre olor a cacao y nietos que huelen a golosina en la escuela.

Informe El Chapucero

La producción comienza en mayo en un taller de Nezahualcóyotl donde barras de cien kilos se derriten como promesas de dieta. Siete artesanos, entre ellos el joven Abraham, vierten el líquido en moldes que luego decoran con pulso de cirujano. Kevin y Yahel, hijos de Débora, crecieron entre azúcar glas y ahora distribuyen. Sandy Aranda, quien se casó con Kevin tras conocerse en los pasillos, cuida la decoración con la paciencia de quien sabe que una ceja torcida arruina hasta la calavera más seria. Cada temporada salen unas siete mil piezas rumbo a altares, otros estados y hasta otros países.

Los nietos presumen en clase que su familia “hace calaveras para todo el mundo”, mientras Débora advierte que el oficio es sacrificado y espera que elijan algo con horarios razonables. Entre refrigeradores, cucharones y cuentas que nunca cierran igual, la tradición sigue intacta: chocolate espeso, moldes reutilizados y una familia que convierte el Día de Muertos en un negocio que huele a victoria permanente.

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