El culebrón geopolítico que nadie pidió pero todos comentan tuvo un nuevo capítulo este fin de semana. Desde su sillón dorado, Donald Trump, en su papel de experto en todo y maestro en nada, sugirió amablemente que Ucrania debería cambiar de presidente como quien cambia de canal de televisión porque la serie actual ya no le entretiene. La respuesta de Volodimir Zelenski no se hizo esperar, y fue el equivalente diplomático a un «mira, tío, métete en tus asuntos».
Con una paciencia que ya debería ser considerada un superpoder, Zelenski le explicó al magnate, como si se lo explicara a un niño de cinco años, que en Ucrania son los ucranianos los que eligen a sus líderes, una idea revolucionaria que al parecer no había cruzado el Atlántico. Pero como es un tipo generoso, le lanzó una oferta que suena más a desafío de bar: claro que habrá elecciones, pero primero Trump tiene que hacer de mediador y convencer a su amigo Vladimir Putin de que se tome un descanso de 60 días. Sesenta días sin misiles, sin drones, sin soldados con cara de pocos amigos. Básicamente, dos meses de vacaciones pagadas del apocalipsis.
Y aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Resulta que la repentina preocupación de Trump por la paz mundial coincide sospechosamente con el hecho de que el diésel en Estados Unidos está más caro que un aguacate en enero. La administración estadounidense, en una maniobra digna de un contorsionista, anunció un acuerdo para comprarle diésel a Rusia mientras le pide a Ucrania que deje de bombardear las refinerías que, curiosamente, producen ese mismo combustible. Es como regañar a tu vecino por podar el árbol que te da sombra mientras tú le compras en secreto los frutos.
Zelenski, por su parte, tuvo que recordar lo evidente: que los precios de la energía están por las nubes por un conflicto un poquito más al sur, en Oriente Medio, y que mientras ellos debaten, su país acaba de soportar casi 200 ataques rusos a su infraestructura en una sola semana. Al final, entre tanta declaración, el mandatario ucraniano aseguró que sigue contando con el apoyo de Washington, una frase que suena más a «espero que no me dejen tirado». Mientras tanto, la guerra se acerca a su quinto aniversario, demostrando que lo único más duradero que una mala serie de televisión es un conflicto que a los poderosos no les urge resolver.



