En una movida que nadie vio venir y que probablemente nadie necesitaba, Estados Unidos y China han decidido que el apocalipsis robótico merece su propio canal de chismes. Tras una cumbre presidencial con más pompa que un desfile de carnaval y menos sustancia que un discurso de político en campaña, Donald Trump y Xi Jinping acordaron abrir una «línea directa» para incidentes de inteligencia artificial, o como la llama ahora el magnate con un dramatismo digno de telenovela: «superinteligencia».
El acuerdo principal, anunciado entre abrazos forzados y sonrisas que no llegaban a los ojos, es básicamente un pacto para llamarse por teléfono si una tostadora se declara presidente de su propia república o si un asistente virtual empieza a dar consejos financieros terribles. La Casa Blanca, muy seria, informó que los líderes acordaron usar el término «Superinteligencia» (SI) porque, al parecer, «Inteligencia Artificial» (IA) no sonaba lo suficientemente aterrador ni vendía suficientes entradas para la película. Xi, con la paciencia de un monje, pidió mantener la tecnología bajo «control humano», mientras que Trump prefería «dejarla donde está», probablemente temiendo que su teléfono empiece a filtrar sus pensamientos más profundos.
Pero no todo fueron fantasías de ciencia ficción. La cumbre también tuvo logros tangibles que pasarán a la historia… de los intercambios más raros. China se comprometió a comprar una montaña de carbón estadounidense, un combustible súper futurista para la era de la «superinteligencia», y se acordó un trato para «bienes no sensibles», que imaginamos que incluye figuritas de acción, calcetines con diseños absurdos y cualquier cosa que no pueda usarse para espiar. Eso sí, el verdadero golpe diplomático fue el anuncio de que dos nuevos pandas llegarán al zoológico de Atlanta. Olvídense de la guerra comercial, la verdadera negociación se libró en el campo del bambú y los recintos con aire acondicionado.
Entre tanto circo, se tocaron de refilón temas menores como la tensión en Irán, sobre la cual Trump dijo con su optimismo de vendedor de autos usados: «Creo que nos va a ir muy bien». Xi, por su parte, le recordó con sutileza de yunque que no se metiera con Taiwán. Para sellar esta amistad tan sólida como un flan, Trump le dio a Xi un tour por la Casa Blanca, le enseñó un retrato de ambos colgado en la pared como si fueran compañeros de cuarto de la universidad y lo recibió en el aeropuerto, un gesto que sus opositores calificaron de excesivo. Mientras tanto, los dos líderes ya planean sus próximas reuniones en China y Miami, demostrando que la gira mundial del absurdo apenas comienza.