Trump se enreda en una guerra con Irán mientras los precios le dan una paliza

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Donald Trump prometió domar la inflación como si fuera un toro en la plaza, pero los precios de la gasolina, los alquileres y hasta el pan se le subieron encima como suegra en plena navidad. Ahora los estadounidenses descubren que su guerra comercial con aranceles a todo el planeta ha convertido el supermercado en un campo de batalla más caro que un divorcio.

La aventura bélica contra Irán, hecha a cuatro manos con Israel, empezó como un espectáculo de fuegos artificiales y terminó con el 55 por ciento de los votantes deseando que alguien apague las luces. El estrecho de Ormuz cerrado ha disparado el precio del petróleo y los conductores ya miran el tanque como si fuera la cuenta del restaurante después de invitar a toda la familia.

En inmigración, Trump juró sacar a todo el que no tuviera papeles, pero los operativos de ICE terminaron pareciendo episodios de una serie de terror con final trágico. La gente aplaude que baje el flujo en la frontera, pero al mismo tiempo se pregunta si el remedio no está resultando peor que la enfermedad, sobre todo cuando las encuestas muestran que ahora confían más en los demócratas para manejar el tema.

El octogenario presidente ha convertido las elecciones de medio término en un referéndum sobre sí mismo, pidiendo que voten como si él estuviera en la papeleta. Su popularidad anda por los suelos y muchos exigen candados extras porque la Casa Blanca parece más un negocio familiar que una institución pública. Los demócratas ya afilan los cuchillos para investigar cómo se enriquecen algunos allegados.

La inteligencia artificial se cuela por primera vez en la campaña y casi la mitad de los estadounidenses teme que les quite el trabajo mientras los centros de datos devoran electricidad como adolescente con el aire acondicionado a todo volumen. Las facturas de luz suben y los vecinos miran esos edificios como si fueran monstruos que chupan la energía del barrio.

Las guerras culturales siguen ahí, aunque un poco más calladas, con republicanos lanzando dardos contra la defensa demócrata de las personas transgénero en deportes femeninos. Todo esto mientras el votante medio intenta decidir si el 3 de noviembre castiga al presidente o simplemente se queda en casa viendo cómo el mundo se vuelve todavía más absurdo.

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