En el último capítulo de «Líderes Mundiales y Sus Dramas», el expresidente y campeón de bronceado artificial Donald Trump anunció que está a punto de echarle un telefonazo a su colega Vladimir Putin. ¿El motivo? Un chismecito sin importancia sobre una empleada de un laboratorio siberiano que, al parecer, se topó con una enfermedad más retro que un casete: la peste neumónica.
Las autoridades rusas, con la misma calma de quien ve arder la casa del vecino, han negado todo. Con un encogimiento de hombros colectivo, restaron importancia al «incidente» y aseguraron que el único brote en la región de Irkutsk es de gente quejándose del frío. Insisten en que un documento que anda por internet sobre restricciones sanitarias es más falso que un billete de tres euros, afirmando a través de Telegram que la situación es «estable», lo que en ruso probablemente significa «nadie ha explotado todavía».
Mientras tanto, en Washington, la paranoia está a tope, como en oferta de fin de semana. El jefe de la diplomacia estadounidense, Marco Rubio, pidió a Rusia que sea «transparente», como si les estuviera pidiendo la receta secreta de la abuela para el vodka. Trump, por su parte, declaró que está listo para ayudar, seguramente enviando un cargamento de cloro y buenos deseos por tuit.
La difunta, una joven de 28 años, pudo haber contraído el bicho medieval por un tubo de ensayo roto, demostrando que los «accidentes laborales» en Siberia son un poquito más intensos que derramar café en el teclado. Como resultado, unas 200 personas que tuvieron contacto con ella están en un «retiro» obligatorio, esperando a ver si les da por toser el alma o solo es una alergia estacional.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), como siempre, juega el papel del adulto responsable en una fiesta de adolescentes. «Por favor, ¿pueden compartir la información?», suplicó su director, mientras sus expertos calculaban que el riesgo es «moderado a bajo», lo que traducido del lenguaje burocrático significa: «Crucen los dedos, pero no cancelen sus planes para el fin de semana… todavía».
Al final, la versión oficial rusa es que la chica murió de «neumonía de origen indeterminado», el diagnóstico más vago desde «le dio un aire». Así que mientras Trump y Putin se ponen al día con sus cosas, el mundo contiene la respiración. Literalmente. No vaya a ser la de malas.




