Rusia le manda un tanquecito de diésel a su amigo gringo y Europa pone cara de velorio

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En un giro de guion más inesperado que encontrar a tu suegra en un bar de moteros, Rusia ha decidido enviarle un “detallito” de 40.000 toneladas de diésel a Estados Unidos. La movida, que parece sacada de una comedia de enredos geopolíticos, se gestó después de una charla de comadres por teléfono entre Vladímir Putin y Donald Trump, quienes aparentemente recordaron que, más allá de las pequeñas diferencias como amenazarse con misiles nucleares, los negocios son los negocios. El primer barquito zarpará este jueves, cargado de combustible y, probablemente, de ironía.

Según Alexander Novak, el viceprimer ministro ruso que suena a nombre de villano de telenovela, este es solo el comienzo de una hermosa y lucrativa amistad. “Primero les mandamos una probadita, y si les gusta, ya les surtimos para la fiesta completa”, declaró mientras guiñaba un ojo a la cámara. El plan es aumentar los envíos de forma gradual, como quien sube el volumen de la música en casa del vecino a las tres de la mañana: 300.000 toneladas en octubre, 500.000 en noviembre y así hasta que las refinerías rusas, que han estado “en mantenimiento” (seguramente les estaban pasando un trapito), puedan funcionar a toda máquina.

Del otro lado del charco, Donald Trump anunció el acuerdo con la fanfarria de quien acaba de ganar el premio mayor en la lotería del pueblo. Según él, esta jugada maestra aliviará los precios del combustible, que estaban más altos que las cejas de un sorprendido. Lo que no se sabe es quién pagará la cuenta, qué empresas se llevarán la tajada ni a qué puerto llegará el cargamento. La Casa Blanca se hizo la sueca, insinuando que el diésel aparecerá por arte de magia en las gasolineras, posiblemente entregado por un Papá Noel con acento ruso. El primer envío, de hecho, es tan pequeño que podría llegar en un yate de lujo.

Como era de esperarse, a los vecinos del barrio no les hizo ni pizca de gracia. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky, casi se atraganta con el café al enterarse. “¡Genial! Ahora Putin tendrá más calderilla para financiar la guerra con el dinero de sus nuevos mejores amigos”, reclamó, probablemente mientras actualizaba su estado de Facebook a “sintiéndose traicionado”. Emmanuel Macron, el presidente francés, también puso cara de oler algo feo, declarando que la decisión manda una “señal negativa”. Mientras tanto, en Moscú solo se oye el sonido de una caja registradora y el brindis con vodka por una amistad tan conveniente como inexplicable.

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