Cien años no es cualquier cosa. Es más de lo que duran la mayoría de los matrimonios, las garantías de los electrodomésticos y la paciencia en el tráfico de la Ciudad de México. Pero México y Hungría, esa pareja dispareja de la geopolítica, llegaron al centenario de su relación diplomática, y para celebrarlo, en lugar de una cena romántica, se pusieron a hablar de negocios en una universidad, que es el equivalente a discutir el presupuesto familiar en pleno aniversario.
El embajador húngaro, Zoltán Németh, se puso en modo vendedor de enciclopedias y empezó a ofrecerle a México las maravillas de su país como si fuera el nuevo paraíso fiscal de moda. «Oye, México, ven para acá. Tengo las autopistas más sexis de Europa Central, una densidad ferroviaria que ni el metro en hora pico y una tasa de impuesto corporativo del 9% que te hará llorar de la emoción», parecía decir el diplomático. Básicamente, Hungría se está promocionando como esa tía soltera que tiene su departamento bien arreglado y le dice a su sobrino favorito que se vaya a vivir con ella para que deje de pagar renta.
La prueba de este amor pragmático está en los regalos que se intercambian. Hungría, en un gesto de pasión desenfrenada, le manda a México motores de combustión interna y maquinaria. México, con el corazón en la mano, le responde con discos duros y piezas para maquinaria de oficina. Es el tipo de romance donde en lugar de flores se regalan refacciones y en vez de poemas se envían manuales de usuario. Para que no digan que todo es frío y calculador, también se planea enviar productos más finos como vinos y quesos, que es como comprar un regalo caro para compensar la falta de atención el resto del año.
En medio de este idilio comercial, Hungría también tuvo que hablar de los problemas con sus suegros europeos, la UE y la OTAN. Aseguró que ya se está portando bien, luchando contra la corrupción para que le suelten el dinero que le tenían congelado, como cuando te comprometes a lavar los trastes para que te devuelvan tu domingo. Sobre el conflicto en Ucrania, su postura es la del que oye la pelea de los vecinos: manda ayuda humanitaria como quien pasa una tacita de azúcar, pero ni de loco se mete a los golpes. Así, esta pareja centenaria demuestra que el secreto de una relación duradera no son los detalles, sino una balanza comercial de 2,270 millones de dólares. ¡Eso sí que enamora




