El ex presidente paraguayo Santiago Peña pasa su prisión preventiva en un cuarto común del Regimiento Escolta Presidencial, sin barrotes ni celdas especiales, donde puede recibir gente y contestar el celular como si estuviera de vacaciones en casa de la suegra. El coronel a cargo admitió que el lugar ni siquiera está preparado para tener presos, así que lo tratan como a cualquier recluta que llega tarde al rancho.
En vez de comer la comida de la cárcel, Peña pidió que su familia le lleve el desayuno a las ocho, el almuerzo al mediodía y la cena entre seis y siete de la tarde, como si el regimiento fuera un delivery de barrio. El militar le ofreció las tres comidas del día, pero el ex mandatario prefirió el menú casero, demostrando que hasta en arresto preventivo se puede seguir siendo exigente con la mesa.
Mientras tanto, cientos de manifestantes se juntaron frente a su casa para pedir que lo metieran en una cárcel de verdad. Cuando lo trasladaron en camionetas, algunos les tiraron huevos y piedras, una escena que parecía más una pelea de vecinos por el estacionamiento que una protesta política seria.
El juez le dictó la preventiva por temor a que escape o meta las manos en los expedientes, pero la medida se parece más a un arresto domiciliario con patio amplio para caminar que a una verdadera reclusión. La fiscalía habla de un perjuicio de cientos de millones de dólares y penas de hasta diez años, mientras Peña sigue contestando llamadas y recibiendo visitas como si el escándalo del banco fuera solo un malentendido de oficina.
Al final, el vicepresidente ya asumió el cargo y el ex presidente sigue en su cuarto sin rejas, esperando que la justicia decida si el dormitorio militar cuenta como cárcel o como pensión temporal para políticos en apuros.



