¡Francia en llamas! Chavales exigen aire acondicionado y el gobierno responde con granadas de gas «por accidente»

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Resulta que los adolescentes de Francia, en un giro de guion más inesperado que el final de una telenovela turca, han decidido que sus escuelas son más deprimentes que un lunes por la mañana sin café. Hartos de sudar como en clase de zumba a 40 grados mientras intentan entender a Voltaire, miles de estudiantes han salido a las calles para montar un zafarrancho nacional y exigir algo tan revolucionario como aulas que no se derritan y profesores que, de vez en cuando, aparezcan a dar clase.

Informe El Chapucero

Lo que empezó como una queja por pupitres cojos y horarios más sobrecargados que la tarjeta de crédito en el Buen Fin, se convirtió en un desmadre monumental. «¡Escuelas sin dinero, país sin futuro!», gritaban en sus pancartas, un lema con más sentido común que toda la programación de autoayuda junta. El colmo fue cuando el informe Pisa reveló que los alumnos franceses tienen el nivel de un concursante de programa de concursos intentando resolver una ecuación. La humillación fue el combustible que encendió la mecha.

Pero aquí es donde la comedia se vuelve tragedia… o al revés. El gobierno de Emmanuel Macron, aplicando la vieja táctica de «si no puedes convencerlos, dales un garrotazo», mandó a la policía a repartir «abrazos pedagógicos». El primer ministro, Sébastien Lecornu, salió a decir con la cara más seria del mundo que los estudiantes con manos reventadas, ojos morados y dientes menos son solo «accidentes». Sí, claro. Un chaval de 15 años recogió una granada pensando que era un nuevo juguete antiestrés y se quedó con un muñón como recuerdo; un «accidente» laboral, suponemos.

Y como si al sainete le faltaran payasos, apareció Donald Trump desde su campo de golf para dar su diagnóstico no solicitado, culpando de todo al «islam» y a la «inmigración descontrolada», demostrando que para opinar de Francia, basta con haber comido una vez una papa frita. Mientras tanto, en casa, la izquierda y la derecha se echan la bolita como en el patio del recreo, acusándose mutuamente de querer «sembrar el caos» para ganar puntos de cara a las elecciones.

Al final, mientras los políticos juegan a «pásale la culpa al de al lado» y la policía investiga a sus propios agentes por manosear a detenidas en plan galán de barrio, los estudiantes siguen aprendiendo una lección vital que no viene en los libros: cómo esquivar proyectiles y por qué nunca debes recoger del suelo los «souvenirs» que deja la policía. Una habilidad muy útil para el futuro laboral en un país que prefiere invertir en armas de «paz» que en pupitres que no se deshagan con el sudor.

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