En un acto de optimismo que haría sonrojar a un vendedor de tiempos compartidos, Flávio Bolsonaro, el vástago del clan, prometió que si gana las elecciones, Brasil dará un salto cuántico para convertirse en una de las siete potencias mundiales. La revelación, digna de un guionista de ciencia ficción con resaca, fue lanzada ante una multitud en Vitória, como quien promete que va a empezar la dieta el lunes sabiendo que el fin de semana hay tres cumpleaños.
Con la seriedad de un niño que jura que no se comió el último trozo de pastel, el candidato aseguró que en cuatro años, Brasil estará codeándose con los peces gordos del planeta. Lo que no explicó fue el «cómo». No hubo mención de políticas económicas, estrategias de mercado o algún pacto con entidades cósmicas. Aparentemente, el plan consiste en desearlo muy fuerte y esperar que el Fondo Monetario Internacional se confunda contando. Bolsonaro, enfundado en una camiseta de la selección sobre un chaleco antibalas —un atuendo que grita «¡listo para el partido y para el apocalipsis!»—, pidió que le exijan resultados, mientras francotiradores vigilaban desde los tejados, por si a alguien se le ocurría exigirle el plan por adelantado.
Como no podía faltar el momento familiar, Flávio se deshizo en elogios hacia su padre, Jair Bolsonaro, a quien calificó como el «mejor presidente de la historia», convenientemente omitiendo el pequeño detalle de su arresto domiciliario por golpismo. Rechazó que el «bolsonarismo» estuviera de capa caída, y soltó una frase que heló la sangre de los agrónomos: «Dijeron que habían acabado con el bolsonarismo, pero se olvidaron de que Jair Bolsonaro dejó millones y millones de semillas». Una afirmación que sonó menos a legado político y más a amenaza de una plaga bíblica.
Para rematar, y siguiendo el manual del buen candidato, le echó la culpa de todos los males del universo a su rival, Lula da Silva. Según su discurso, la gestión actual es responsable de un aumento en los asesinatos, el cierre de empresas y hasta de que la gente pierda la dignidad, probablemente al ver este tipo de mítines. Con las encuestas más apretadas que un tornillo de submarino, Brasil se prepara para una segunda vuelta que se decidirá, al parecer, entre un candidato y otro que promete convertir el agua en vino… o al menos la economía brasileña en la alemana por arte de magia.



