A Trump se le antoja diésel ruso y el mundo reacciona como si viera a su ex con otro

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En un giro de guion más predecible que el final de una telenovela, parece que el romance entre Estados Unidos y Rusia podría tener una segunda temporada. Resulta que a Donald Trump le entró una urgencia por bajar el precio del diésel antes de las elecciones, y como quien llama a su compadre para pedirle prestado, le marcó a su amigo Vladimir Putin. El plan es simple: Rusia manda combustible barato y Trump se hace de la vista gorda con algunas de esas «molestas» sanciones que él mismo firmó.

Informe El Chapucero

Desde el Kremlin, un tal Kirill Dmitriev salió a vender la moto como si fuera el mejor negocio desde la invención de las micheladas. Con una sonrisa de oreja a oreja, aseguró que Moscú superaría cualquier «pequeño inconveniente» de las sanciones para entregar el preciado líquido. «Esto no es solo diésel, amigos», declaró, casi guiñando un ojo. «Es el comienzo de una hermosa amistad económica. ¡Hay tantas oportunidades! ¡Inviertan ahora!». Básicamente, nos dijo que las sanciones les importan lo mismo que la opinión de tu suegra sobre tus tatuajes.

La jugada maestra de Trump, por supuesto, no tiene nada que ver con la paz mundial, sino con salvar su propio pellejo en las elecciones de noviembre. Es el equivalente político de regalar licuadoras para conseguir votos. El mensaje es claro: «Miren, estadounidenses quejosos, les traigo diésel casi regalado. Ahora dejen de fastidiar con la inflación y voten por mí». Una estrategia tan sutil como un elefante en una cristalería.

Mientras tanto, en el resto del mundo, la noticia cayó como una patada en el hígado. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, y varios líderes europeos pusieron el grito en el cielo, sintiendo que les acababan de hacer la peor jugarreta. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, calificó el acuerdo como una «decisión muy arriesgada», que en lenguaje diplomático significa: «¿Pero qué demonios están haciendo?». Es como si después de meses intentando poner a Putin en la silla de los castigados, Trump llegara y no solo lo sacara de ahí, sino que lo invitara a la fiesta con todo y barra libre.

Al final del día, mientras los políticos juegan a las sillas musicales con la economía global, el resto de nosotros solo podemos observar este circo con una bolsa de palomitas. Rusia dice que las sanciones solo dañan al pueblo estadounidense, y con amigos como Trump, casi logran que les creamos. Veremos si este pacto de diésel termina siendo una genialidad o el chiste que se cuenta solo en los libros de historia.

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