¡Agárrense de la brocha que les quitaron la escalera! Resulta que en el culebrón geopolítico del momento, Ucrania acaba de señalar a Corea del Sur con el dedo flamígero de la traición. Según los ucranianos, mientras ellos se dedican a redecorar las refinerías rusas a base de explosiones, los surcoreanos, muy quitados de la pena, le han estado pasando gasolina a Rusia por la puerta de atrás, como quien le pasa el acordeón al compañero burro en pleno examen final.
El chisme, que ya corre más rápido que un político hacia un micrófono, explotó cuando el jefe de sanciones de Ucrania, un tal Vladyslav Vlasiuk, se quejó amargamente. Dijo que sus ataques con drones, que cuestan un dineral y seguro que anulan la garantía, estaban siendo saboteados por estos envíos misteriosos. La bomba la soltó un periódico, que al parecer se dedica a revisar los tickets de los puertos y descubrió que siete barcos petroleros, más sospechosos que un vegano en una parrillada, zarparon de Corea del Sur cargaditos de combustible para su amigo el oso ruso.
Por supuesto, la oficina presidencial de Corea del Sur, que seguramente tuvo que pausar un maratón de K-dramas para atender el asunto, salió a poner el grito en el cielo. Con la cara de ofensa que pondría tu tía si le dices que su pastel está seco, declararon que ellos han seguido las sanciones «al pie de la letra» y en «estrecha coordinación» con la comunidad internacional. Vamos, que son más rectos que una regla y que todo es un vil malentendido. Prometieron investigar el asunto, que es el equivalente diplomático a decir «lo checamos y luego te avisamos», mientras barren la basurita debajo de la alfombra.
Al final, este drama nos enseña una valiosa lección: en el gran casino de la política mundial, todos parecen tener una cara para la foto y un mazo de cartas marcadas bajo la manga. Mientras unos ponen las bombas, otros, al parecer, ponen la gasolina. Y cuando los cachan, todos ponen la misma cara de «yo no fui, fue Teté». Un clásico que nunca pasa de moda.




