El mandamás de Ryanair, Michael O’Leary, ha salido a escena cual profeta del apocalipsis para anunciar que nuestras carteras van a llorar sangre. Según su bola de cristal corporativa, las tarifas aéreas en Europa se preparan para la mayor subida de su historia, básicamente porque a la mayoría de las aerolíneas se les olvidó comprar el seguro contra incendios del combustible. Parece que se viene una era en la que volar será un lujo reservado para millonarios y gente que encuentra dinero en abrigos viejos.
O’Leary, con la alegría de quien te anuncia que se acabó el papel higiénico en una emergencia, pronostica un aumento de entre el 10 y el 20 por ciento en los próximos doce meses. La combinación de menos aviones volando (gracias a quiebras y fusiones) y el precio del queroseno por las nubes es la receta perfecta para el desastre de tu presupuesto vacacional. Es como si tu casero te subiera el alquiler y, de paso, se llevara la mitad de tus muebles como propina.
La culpa de este desmadre, según el oráculo de Ryanair, la tiene el combustible de aviación, cuyo precio se ha disparado como cohete de feria por la guerra en Irán. Mientras otras compañías volaban a ciegas, Ryanair se jacta de tener sus costos cubiertos hasta marzo de 2027, pagando el combustible a unos módicos 67 dólares por barril. Vamos, que ellos se ríen desde su yate financiero mientras los demás reman en una balsa con fugas.
Pero no canten victoria tan rápido, que la fiesta no dura para siempre y el karma es traicionero. A partir de abril de 2027, la mayoría de las aerolíneas, incluida la propia Ryanair, quedarán más desprotegidas que un turista en chanclas durante una nevada. De hecho, para su próximo año fiscal solo tienen asegurado el 15% de su combustible a 85 dólares, cuando el precio real en el mercado es casi el doble. Parece que se les acabó el chollo.
Y para que vean que no anda de farol, O’Leary aprovechó su sermón en Bruselas para anunciar que le cortará el grifo a Bélgica. Cancelará 20 rutas y más de un millón de asientos porque al gobierno local se le ocurrió subir el impuesto aéreo de 2 a 7 euros, una ofensa capital para el rey del bajo costo. En resumen: los gobiernos suben impuestos, las aerolíneas nos clavan el puñal y nuestras vacaciones soñadas terminan siendo un fin de semana en el pueblo más cercano. Siempre y cuando podamos pagar la gasolina para el coche, claro.



