El Fondo Monetario Internacional, ese club de señores serios que deciden si tu país come o ayuna, ha soltado la bomba: la única razón por la que la economía global no se ha estrellado como coche sin frenos es la inversión masiva en inteligencia artificial. Al parecer, gastar fortunas en cerebros de silicio está manteniendo el crecimiento mundial en un modesto pero milagroso 3%. Es como descubrir que el secreto para no ahogarse en deudas era comprarse el robot de cocina más caro del mercado.
La mandamás del FMI, Kristalina Georgieva, describió la situación con una metáfora digna de película de desastres: un «tsunami de evolución lenta». Imagina una ola gigante que se acerca a tu oficina en cámara superlenta, dándote tiempo de sobra para terminar tu café y recoger tus cosas antes de que arrase con tu puesto. Según sus profecías, este tsunami digital podría mejorar, degradar o directamente mandar al paro al 40% de los trabajadores del planeta.
Lo más cómico del asunto es la nueva distribución de tareas. Mientras la IA se prepara para hacer trabajos complejos, los empleos para humanos que más crecen son en la construcción y los centros de datos. Básicamente, unos programarán algoritmos que podrían resolver el hambre en el mundo, mientras otros se dedicarán a levantar las paredes del edificio donde vivirán esos servidores. Un estudio ya revela que el 10% de los trabajos en Estados Unidos requieren competencias en IA, probablemente para enseñarle al jefe a usar el nuevo microondas.
Pero no todos están celebrando con champaña. El presidente del Banco Mundial anda más enfocado en la «IA a pequeña escala», que suena a querer apagar un incendio forestal con una pistola de agua. Mientras tanto, el presidente de Singapur ya está sudando frío porque los recién graduados tienen más difícil conseguir su primer empleo que encontrar un unicornio. Parece que el primer peldaño en la escalera corporativa ahora lo ocupa un robot que no pide vacaciones ni aumento.
Al final, el gran temor es que esta maravilla tecnológica cree una «nueva divergencia», una forma elegante de decir que los países ricos se volverán insultantemente más ricos y el resto aprenderá a hacer manualidades para vender por internet. Si los gobiernos se quedan de brazos cruzados, la IA va a ampliar la brecha entre ricos y pobres más rápido que político rompiendo promesas. Así que, mientras los robots mantienen a flote la economía, más nos vale aprender a nadar, porque el tsunami ya avisó que viene en camino.



