El T-MEC se parece más a una relación tóxica que a un acuerdo comercial

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La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), que funge como la tía chismosa del continente, ha soltado la sopa: el famoso T-MEC entre Estados Unidos, México y Canadá se está poniendo más raro que político honesto. Resulta que el Tío Sam anda teniendo «conversaciones» por separado con sus otros dos socios, lo que huele a que este supuesto trío comercial podría terminar en dos divorcios amistosos y un montón de muebles por repartir.

Informe El Chapucero

Según los genios de la Cepal, esta jugada de andar coqueteando por los rincones genera más incertidumbre que pedir fiado en la tiendita la última semana de la quincena. Aunque la guerra comercial con China hizo que México se viera más guapo que de costumbre, atrayendo empresas como si regalaran tacos al pastor, el milagro económico nomás no cuaja. Es como ligarse al más popular de la fiesta, pero que al final ni te invite una cerveza.

El famoso «nearshoring» o la relocalización de empresas es una realidad, pero no elimina la tensión en el ambiente. Es como si tu pareja te dice que te quiere mucho y que por eso va a vivir más cerca, pero en el departamento de enfrente y con la puerta con tres candados. Para rematar, en julio de 2026 viene la revisión del tratado, un evento que tiene a todos preguntándose si renovarán sus votos o si se aventarán los trastes a la cabeza.

Para añadirle más drama al asunto, el jefazo de la Cepal, José María Salazar Xirinachs, recordó que esto no es un simple intercambio de estampitas. Las industrias gringas dependen de los suministros mexicanos más que un oficinista del café de la mañana. Sin las piezas hechas en México, sus fábricas se quedarían más paradas que el metro en hora pico, demostrando que en esta relación, el que parece más fuerte es en realidad el más necesitado.

Mientras tanto, el presidente de la AmCham México, Oscar del Cueto, salió a calmar las aguas con la misma convicción de quien te dice «no eres tú, soy yo». Según él, los acuerdos bilaterales pueden correr en paralelo al T-MEC durante los próximos diez años, porque estamos en una «geopolítica más nueva». Una forma elegante de decir que ahora las infidelidades comerciales se llaman «sinergias estratégicas».

En resumen, el T-MEC tiene más drama que una telenovela de las nueve. Por un lado, prometen certeza jurídica y amor eterno por diez años; por otro, se mandan mensajitos a escondidas y tienen revisiones anuales como si fuera un matrimonio a prueba. A este paso, para 2026 sabremos si esto termina en boda, divorcio o si Canadá se queda con el perro.

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