En una revelación que sacudió al mundo tan fuerte como descubrir que el agua moja, los economistas del Fondo Monetario Internacional (FMI) acaban de anunciar su más reciente hallazgo: es más barato y eficiente darle dinero a los pobres que prenderle fuego a una montaña de billetes para calentar a todo el país. Según su análisis, los gobiernos que aplican subsidios generales para todos gastan entre tres y seis veces más que si simplemente le dieran el dinero a las familias que de verdad lo necesitan. Es como si, para darle una aspirina a tu abuela, decidieras comprar toda la farmacia y repartir pastillas al azar por la calle.
Los genios del FMI no se sacaron esta idea de la manga, sino que analizaron las respuestas de 76 países ante las crisis del costo de vida. Descubrieron que la jugada favorita de los políticos es la de bajar impuestos y subsidiar productos para quedar bien con todo el mundo. El problema es que esta estrategia es tan efectiva como intentar llenar una piscina con un gotero, ya que la mayor parte del dinero termina en los bolsillos de quienes no lo necesitaban para empezar, mientras los más vulnerables reciben apenas unas migajas.
Pero esperen, que la cosa se pone peor. Si creían que subsidiar al consumidor era un mal negocio, prepárense para la versión de lujo: subsidiar a los productores. Según el informe, esta movida es entre 14 y 22 veces más costosa que las ayudas directas. Esto ya no es mala gestión, es un arte; un despilfarro tan monumental que debería tener su propia categoría en los récords Guinness, justo al lado del hombre con las uñas más largas.
Para que quede más claro, pusieron un ejemplo de la vida real que da hasta vergüenza ajena. Durante la crisis energética europea de 2022-2023, por cada euro que los gobiernos gastaron para mantener bajos los precios de la luz y la gasolina, menos de 20 centavos llegaron realmente al 20% más pobre de la población. Es decir, una eficiencia digna de un plan de caricatura para atrapar al Correcaminos, donde el 80% del presupuesto se va en cohetes defectuosos y yunques que caen en el lugar equivocado.
Ante el panorama de que estas crisis de precios serán el pan de cada día gracias a conflictos, desastres climáticos y cadenas de suministro más frágiles que una galleta de soda, el FMI hace una recomendación revolucionaria: por favor, dejen de tirar el dinero. Su consejo es que los países fortalezcan sus sistemas de protección social para poder entregar ayudas temporales y directas cuando llegue el próximo sablazo.
La advertencia es clara: las cosas se van a poner feas más seguido, y seguir usando soluciones que son un derroche monumental solo empeorará la pobreza y la inestabilidad. Pero no se preocupe, que seguramente los gobiernos seguirán optando por la solución más cara y aparatosa, porque nada dice «estamos trabajando» como un gigantesco y costosísimo incendio de billetes pagado con sus impuestos.




