El dólar sufre una crisis de identidad y se desploma como si hubiera visto un fantasma

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En uno de los giros de guion más absurdos del mercado financiero, el dólar estadounidense decidió que ya no quería jugar a ser el tipo rudo y sufrió su mayor caída en más de un mes. Justo cuando los datos de inflación gritaban que la economía estaba más caliente que un asiento de coche en verano, el billete verde se encogió un 0,3%, borrando sus ganancias como un adolescente borra su historial de navegación. Al parecer, ser fuerte y estable ya no está de moda en el mundo de las divisas.

Informe El Chapucero

La excusa oficial para este berrinche monetario es, agárrense, la inteligencia artificial. Aparentemente, los inversores entraron en pánico por algo relacionado con los robots, lo que provocó una estampida hacia los bonos del Tesoro, considerados más seguros que la casa de tu abuela. Esta huida masiva hizo bajar los rendimientos y, por efecto dominó, arrastró al dólar al fango, que cayó casi un 1% frente al franco suizo, una moneda que probablemente se reía con su neutralidad característica.

Lo más cómico de todo es que este desplome ocurrió mientras la economía daba señales de estar en plena forma. Los precios al productor subieron un 1,3% en septiembre, el mayor aumento en más de cuatro años, y las ventas minoristas superaron todas las previsiones, impulsadas por gente llenando el tanque de sus camionetas. Es como si tu coche tuviera el motor rugiendo a toda potencia, pero se negara a salir del garaje porque le da miedo un patinete eléctrico en la acera.

Para rematar el disparate, un analista llamado Brent Donnelly, de Spectra Markets, soltó la joya del día al describir la situación con una honestidad brutal. Según él, toda la economía estadounidense es como «un taburete de una sola pata que se sostiene sobre el comercio de la IA». Así es, nuestra prosperidad depende de un mueble cojo y de un montón de algoritmos que probablemente están ocupados generando imágenes de gatos con sombreros.

Ahora, todos los ojos están puestos en Kevin Warsh, el presidente de la Reserva Federal, que está a punto de dar un discurso antes de que la institución entre en su «período de silencio», que suena más a un retiro espiritual que a una reunión de política monetaria. El mundo financiero contiene la respiración, esperando una señal divina que les diga si deben seguir apostando por el dólar o empezar a coleccionar chapitas de botella como nueva moneda de refugio.

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