En un giro de guion más inesperado que encontrar un político honesto, Argentina acaba de anunciar que sus exportaciones superaron por primera vez los US$10.000 millones en un solo mes. Así como lo oye, el país que hizo del drama económico un deporte nacional, de repente se puso a vender cosas al exterior como si no hubiera un mañana. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), encargado de contar los porotos de esta fiesta, confirmó la noticia, dejando a todos con cara de no entender si es un milagro o un error de cálculo.
Los números son tan absurdos que parecen sacados de una película de ciencia ficción. En septiembre, la nación sudamericana despachó al mundo productos por un valor de US$10.036 millones, lo que representa un crecimiento del 23,5% en comparación con el año pasado. Es como si tu primo, el que siempre anda sin un peso, de repente apareciera manejando un auto de lujo y pagara la cuenta de todos. Nadie sabe cómo lo hizo, pero las cifras están ahí.
¿Cuál fue el truco de magia? Pues, una combinación de astucia y caradurez. Resulta que los precios de lo que venden subieron un 16,4%, mientras que la cantidad de productos vendidos solo aumentó un 6,1%. Básicamente, es la estrategia del vendedor ambulante: te vendo casi lo mismo que ayer, pero hoy te lo cobro más caro porque la vida está difícil. ¡Una genialidad económica que ya quisiera tener cualquier gurú de las finanzas!
Mientras tanto, del lado de las compras, el país se ajustó el cinturón como si se preparara para el verano. Las importaciones cayeron un 1,8%, demostrando una disciplina fiscal digna de un monje tibetano. Este ataque de austeridad dejó un superávit comercial de US$2.976 millones, y ya van 34 meses seguidos en los que Argentina gasta menos de lo que gana en el exterior. Una racha más larga que la última temporada de tu serie favorita.
Con este dineral entrando a las arcas, uno pensaría que los ciudadanos están nadando en billetes y usando el dólar como papel de regalo. Sin embargo, la realidad del día a día parece contar otra historia. El país festeja un superávit histórico mientras el ciudadano de a pie sigue haciendo malabares para llegar a fin de mes, preguntándose a dónde diablos se fue toda esa plata.



