Parece que se acabó la luna de miel entre China y la soya de Brasil. Las importaciones se han desplomado a un ritmo digno de película de desastres, pasando de unos 20 cargamentos semanales a menos de cinco en las últimas dos semanas. La razón es tan simple y dolorosa como la cuenta del bar después de una noche de fiesta: los precios brasileños se fueron a las nubes y a los procesadores chinos ya no les salen las cuentas para seguir pagando la parranda.
Hacer negocio con la soya brasileña en estos momentos es como vender paraguas en el desierto, pero al revés. Las plantas procesadoras en China enfrentan pérdidas de unos 150 yuanes (unos 22 dólares) por cada tonelada que procesan de los envíos de noviembre, y la cosa se pone peor con los de diciembre, donde el hoyo es de 470 yuanes. Básicamente, están pagando por trabajar, un modelo de negocio que solo funciona si eres político o tienes un hobby muy caro.
En medio de este drama financiero, todos los ojos están puestos en la telenovela geopolítica protagonizada por Donald Trump y Xi Jinping. Los empresarios chinos, que se habían refugiado en Brasil para evitar los aranceles estadounidenses, ahora cruzan los dedos para que estos dos líderes se pongan de acuerdo y le quiten el impuesto del 10% a la soya gringa. Si eso pasa, volverán a los brazos de su antiguo proveedor más rápido que un arrepentido con un ramo de flores.
Mientras tanto, en Brasil, los agricultores se han puesto más exigentes que jurado de concurso de belleza. Con más del 91% de su cosecha anterior ya vendida, están guardando el resto como si fuera el último rollo de papel higiénico en una pandemia, esperando que los precios suban todavía más. La soya brasileña, que antes era la opción buena, bonita y barata, ahora cotiza con una prima de 1,35 dólares por bushel sobre los precios de Chicago, volviéndose más cara que la del Golfo de México.
Y como en todo triángulo amoroso, cuando uno se aleja, el otro aprovecha. Estados Unidos, con su cosecha fresca recién salida del horno, está listo para llenar el vacío. Las empresas estatales chinas ya están comprando producto estadounidense para cumplir sus promesas, y recientemente se reportó una venta de 120,000 toneladas. Los gringos están recuperando su mercado mientras los brasileños cuentan sus billetes.
Al final, el destino del tofu, la leche de soya y el alimento para cerdos de medio mundo depende de lo que decidan un par de señores en una sala de reuniones en Washington. La economía global pende de un hilo, o más bien, de un frijol de soya cuyo precio es más volátil que el humor de tu suegra. Prepárense, porque este culebrón agrícola está lejos de terminar.




