En el mundo corporativo hay una regla no escrita que raya en lo ridículo: pedirle a la gente que vuele sin haberle enseñado ni a gatear. Mientras un equipo de futbol entrena seis días para un partido de noventa minutos, en las oficinas se espera que los vendedores cierren tratos como si hubieran nacido con el manual bajo la almohada.
El contraste es tan grande que parece chiste. Los deportistas revisan jugadas, estudian rivales y corrigen errores hasta el hartazgo. En cambio, muchos empleados pasan el día apagando fuegos sin que nadie les muestre cómo evitarlos la próxima vez. Se pide liderazgo, negociación y servicio de primer nivel, pero el tiempo para practicar esas habilidades brilla por su ausencia.
Imaginemos por un momento que los equipos comerciales dedicaran una hora semanal a ensayar respuestas ante clientes difíciles. O que los directivos revisaran sus decisiones como si fueran jugadas de pizarrón. Probablemente descubrirían que muchos “problemas de actitud” son en realidad fallas de preparación. Un grupo de estrellas sin coordinación puede perder contra un equipo disciplinado que sí entrena. Lo mismo pasa en las empresas: contratar talento no sirve de mucho si después nadie se encarga de pulirlo.
Al final, los triunfos no aparecen por arte de magia durante la junta. Se arman en los entrenamientos que casi nadie quiere programar.



