Ueno Bank abrió sus puertas en 2024 con la promesa de bancarizar a los trabajadores informales de Paraguay, donde seis de cada diez personas sobreviven sin contrato ni ahorros formales. De pronto, la intervención del Banco Central convirtió esa ilusión en un espejismo de aplicación móvil que ya no responde. Los más golpeados no son los ejecutivos de corbata, sino los que venden en las esquinas y entregan pedidos en moto.
Luz Margarita Riveros, vendedora ambulante del barrio Santísima Trinidad, guardó cinco millones de guaraníes en Ueno junto con su marido. Esa suma equivale a un salario y medio mínimo, y ahora solo le queda pedir prestados tres mil quinientos guaraníes para comprar comida. Mientras espera el bus, repite que todo era una farsa y que su clientela ya no puede pagarle porque tampoco tiene dónde guardar el dinero.
El dólar saltó de cinco mil ochocientos treinta y cinco a seis mil cuatrocientos ochenta guaraníes en apenas unos días, y la gente señala directamente al expresidente Peña, ahora bajo arresto domiciliario. Vendedores de lotería y chipa, que antes cobraban en efectivo, se quejan de que la digitalización los dejó peor que antes. Gabriela Ureña, que vende chipa y remedios naturales, teme acumular deudas porque ya no puede pagar sus mercaderías.
Ulises, repartidor de plataformas, recuperó sus doscientos ochenta mil guaraníes en otra cuenta, pero tuvo que pedir prestado para cargar combustible y seguir trabajando. El Banco Central habilitó una página que falla constantemente y recomienda volver a intentarlo más tarde. Mientras tanto, miles de manifestantes se congregaron frente a la sucursal de la calle Palma y recibieron la visita de la policía.
Sin medidas de emergencia como las de la pandemia, los pequeños comercios y transportistas informales siguen acumulando mora. El sistema que presumía incluir a todos terminó excluyendo otra vez a los mismos de siempre, solo que ahora con la aplicación apagada y el bolsillo más vacío que nunca.



